HISTORIA DETRÁS DE BOTV:
TRAS EL DESCANSO QUE SE TOMARON TODOS DESPUÉS DE LA MUERTE DE LEAH BLOOMBERG Y CON EL OTOÑO A LA VUELTA DE LA ESQUINA, NUESTROS CHICOS ESTÁN CON MÁS ENERGÍA QUE NUNCA PARA DEJAR ATRÁS EL VERANO SÓLO PARA LOS SOÑADORES Y TURISTAS, Y EMPEZAR DE NUEVO SUS VIDAS EN LA REALIDAD. UNOS SE ADENTRAN EN LA FANTÁSTICA VIDA UNIVERSITARIA Y OTROS, HACEN MALETAS PARA EMPEZAR DE CERO NUEVOS TRAYECTOS. PERO NO, ELLA SIGUE AQUÍ CON NOSOTROS. OS SEGUIRÁ INFORMANDO DE TODO LO QUE VE Y OYE, PORQUE SABE QUE SE GUARDAN MUCHOS SECRETOS TRAS LA MUERTE DE LEAH, Y LA ALTA SOCIEDAD LUCHARÁ Y LUCHARÁ HASTA QUE ALGUIEN CAIGA. PORQUE EN EL UPPER EAST SIDE, LA VANIDAD ES LO PRIMERO. BIENVENIDOS DE NUEVO A INCOGNITO.
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Nuestro final de día. [Lexa]

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Nuestro final de día. [Lexa]

Mensaje por Jensen Grant el Miér Jul 06, 2011 7:45 pm

El sol comenzaba a dejarse entrever entre los pioneros edificios que cortaban la vista al cielo, cuando Jensen bajó las escaleras para seguir en la oscuridad bajo el asfalto requemado de Nueva York. Esos rascacielos que parecen sobrepasar el limite de lo debido, que ansian rozar con sus antenas a un Dios onmipotente y olvidadizo de la estirpe creada que se burla de nosotros como si de meras hormigas se tratara, creando unas diferencias tan abismales como indebidas. Como torres de babel cuyo castigo es la élite que habitan los inmensos edificios, grandes mansiones y áticos de asombro para un puñado de parasitos adulados por un rebaño abnegado y ciego en su mayoria. Hipócrita, se dijo a si mismo en uno de sus arrebatos de sinceridad propios, en los cuales cada teoría era barrida por si mismo con una dureza poco carismática. Tú, estúpido, eres el primero que les sirves sus cócteles de 20 dólares y exhibes tu sonrisa tan artificial como todos ellos juntos..Y sí, tenia razón, trabajar en el Serena le hacia tener que relacionarse con aquella muchedumbre neyorquina mas de lo que a él -barman acostumbrado a trabajar en garitos de mala muerte y cuyo primer local decente había sido el Club 1001- le habría gustado. Un choque fortuito, una conversación agradable, un hombre con dinero y para asombro algo de cabeza que supo ver el talento y la educación que hacía falta para estar detrás de la barra y que sin duda Jensen poseía. Un café, una charla, y no tuvo mayor problema en enviarle una invitación para trabajar en el local nocturno subterráneo más exclusivo de todo Nueva York. Y claro, una invitación es una invitación, ¿no? eso todo lo puede, y desde hacia escasas dos semanas trabajaban en aquel enorme lugar donde cada gesto, movimiento y comentario estaba vigilado con lupa a la par que una asfixiante pajarita te apretaba la garganta y una panda de snobs te apretaban los huevos, por fortuna la diferencia de salario suplía todo lo demás...al menos por ahora.

El sonido del metro llegar por las vías lo saco del ensimismamiento que llevaba y con el que, sin duda, habría podido continuar durante un largo rato antes de quedar sumido en el sueño que se había acostumbrado a soportar hasta altas horas sin descanso. Las puertas dobles se abrieron y volvió a sentirse como en casa, alejado del pijerio y con personas de verdad, fue como si una puta mochila de plomo se cayera de su espalda y pudiera volver a ser él mismo de nuevo. A aquellas horas, por suerte, aún quedaban asientos libres en los que poder relajarse y al fin descansar mínimamente después de una larga noche de asqueroso trabajo. La mayoría de la gente dormía o leía el periódico antes de ir a trabajar, era curioso el ver que para ellos comenzaba el día a la par que para el terminaba, ahora le esperaba la tranquilidad de su piso y el descanso que le brindaba su cama hasta que el sol volviera a ocultarse y la música de moda volviera a resonar dentro de su cabeza acompañado de estridentes risas femeninas y apretones de manos con Rolex cubriendo sus muñecas.

Una nueva parada. El sonido de las puertas al abrirse descomprimiendo aquel aire caliente que era tan característico tener que respirar en la estación resonó con un chirriante y quejumbroso sonido. Entro una mujer que, sin duda, llamaba la atención entre el espectáculo "burlesco" que se veía en el vagón; entre un cuarentón que roncaba con curiosos relinchos y una viejecilla que sonría a todo con una felicidad cercano a lo inquietante. La puerta cerró antes de lo previsto y el bamboleo del metro se reanudó desestabilizando a aquella mujer que tenía o un mal amanecer o poca consciencia de donde estaba por una buena noche. Su asiento, a escasos metros de la puerta, le permitió agarrarla del antebrazo aunque ya ella misma hubiera conseguido mantener el equilibrio en el constante ritmo que el metro cogía con rapidez. -¿Te encuentras bien?- preguntó con una sonrisa cansada a la vez que retiraba su firme agarre y le dejaba ese metro y medio de estipulosa distancia entre dos desconocidos.
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Re: Nuestro final de día. [Lexa]

Mensaje por Lexa E. Vossen el Miér Jul 06, 2011 8:31 pm

Una noche más en el Dirty Gold terminada, unos dólares más en su bolsillo dentro de una escasa semana. Se dejó reposar en su tocador, al fin cambiada y despojada de aquel asfixiante corsé y aquellas faldas, que no entendía cómo podían pesar tanto siendo tan cortas. Se miró al espejo una vez más, inclinándose hacia adelante para escrutar su rostro escrupulosamente. Aun acababan de terminar de limpiar y preparar lo debido para la noche siguiente, el bochorno aún bañaba aquel lugar, desde el gran salón hasta su propio camerino. Recorrió con una mirada de hielo azul sus facciones, sus ojos cansados, sus labios agrietados. Una vez se despedía del maquillaje, ¿qué quedaba? Una Julieta falsa. Una mala Julieta. Con el iris de una esperanza efímera que rezaba por un sueño imposible. Las bailarinas de cabaret eran meras putas para la sociedad. Y Bad Juliet ya era un mito en el Dirty Gold. ¿Cómo una mera puta llegaría al ocaso, a ser lo deseado, una verdadera actriz? Blasfemó por lo bajo, separándose del espejo con una mirada de asco hacia sí misma. Ahí quedaba la belleza, entre las cuatro paredes de una sala llena de pervertidos que no eran satisfechos por sus parejas o, directamente, eran unos fracasados. Como ella. Porque tanto Bad Juliet como las personas que iban a verla eran unos totales fracasados, que vivían la fiesta de una eterna noche que quedaría siempre en el olvido. Que no serviría para nada, nada más que para levantarse al día siguiente y repetir aquel círculo vicioso, aquel bucle incesante, sin preguntarse si quiera qué querían hacer con sus vidas. Pero Lexa sabía lo que quería hacer con ella. Aquello era lo verdaderamente triste, patético, ridículo. Que carecía de los medios. Era una mala Julieta apresada entre los cajones de un tocador de belleza rota.

Desconectó sus pensamientos hasta que se halló fuera del cabaret, fuera de aquel bochorno ígneo. Las puertas se cerraron a su espalda, en un quejido mudo, recordándole que no tardaría en tener que volver a encerrarse allí, una noche tras otra. Aunque había algo que reconocer, y era que aquellos pensamientos la pintaban como un hipócrita. Porque debía reconocer los hechos. Le gustaba el Dirty Gold, su función como Bad Juliet, ser el centro de atención de las esperanzadas miradas de los hombres que la deseaban, no tanto a ella como a su cuerpo, y podía sentirse como una Diosa. Porque en aquel cabaret, ella era una Diosa. Con el aplastante poder de una reina y su séquito, se podía permitir seleccionar. Se podía permitir tratar a aquellos hombres desesperados como objetos, más incluso que ellos a Lexa, se podía permitir el lujo de reírse de ellos. De dedicarles una altiva sonrisa, mirarles por encima del hombro y despedazarles entre sus finas y delicadas manos como muñecas de porcelana rotas. Y observar cada uno de los trozos de esas figuras con orgullo, prepotencia. Oh, sí, aquello se sentía bien.

Fue entonces cuando se percató de sus pasos acelerados. Había hecho gran parte del camino sumida en sus pensamientos. Gracias a la rutina. Ahora solo quedaba el metro, un par de calles, y llegaría a su querido y apestoso motel de mala muerte. Se daría una buena ducha y directa entre las sábanas. Le pesaba el cuerpo más que de costumbre. El chirrido estrepitoso del metro al frenar le hizo arrugar la frente, con una mueca en los labios. Observó abrirse las puertas, deteniéndose dos segundos en una especie de trance. Después, subió, ya escrutando el panorama que allí había. No obstante, como si no estuviera ya inestable de por sí, el bamboleo del metro al retomar su camino la hizo perder meramente el equilibrio. Un hombre cercano a las puertas la sujetó por el antebrazo. Cuando pudo sostenerse por sí sola, tomó aire y resopló con fuerza. Se colocó los alborotados mechones de hollín que le atravesaban el rostro y contempló el lugar bajo una mirada gélida. Después, llevó la vista sobre el hombre, que ya la había soltado, siendo el único que le daba la impresión de estar en las mismas que ella.

Sí, sí –respondió con premura, apretándose el cuello con una mano, correspondiendo a su cansada sonrisa con una leve y dulce crispación de labios–. Estoy bien. Gracias –musitó casi en un susurro. Se deslizó con pudor hasta el asiento al lado del hombre, ya dándole igual las impresiones que pudiera dar, con un resoplido–. No pareces ir a a trabajar, más bien volver –comentó, con el antebrazo en el respaldo de su asiento y la frente apoyada en su mano, mirando a la nada que se le preguntaba delante, como si se tratara de un comentario al aire que se había escapado de su mente.
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Re: Nuestro final de día. [Lexa]

Mensaje por Jensen Grant el Vie Jul 08, 2011 2:10 am

Encontrarse a una persona por un tropiezo era algo tan clásico que parecía irreal. Lo más normal , y eso conlleva que sea lo más lógico, es que si alguien tropieza o se desmaya ágiles miradas te evalúen de arriba abajo con una mirada de superioridad y en sus cabezas ronde la desconfianza de que eres un drogadicto o un borracho y ese -y no el calor, o una enfermedad-es el único motivo por el que vas dando tumbos por la calle, por lo que tu breve tropiezo o caída creará simpáticas sonrisa burlonas en sus rostros dando por claro tu torpeza. Él se sentía orgulloso de que la educación,a primera vista vulgar, hubiera dado resultados que a priori una una privada debería rebatir en todos los puntos a su instituto público. La gente del vagón los miraba eligiendo cada uno una de esas dos opciones, con la salvedad de los que elegían una tercera y preferían seguir con los ojos cerrados o ignorándolos por completo sin inmiscuirse en ese centro de atención ridículo y presa del entretenimiento momentáneo que cuando ella volvió a sentarse se terminó y las sonrisas desaparecieron y las miradas valorativas volvieron a sus periódicos o revistas. Jensen la observó antes de volver a sentarse en su sitio, a su lado, su mirada solo recorrió su cara y en especial lo que más destacaba en ella, sus ojos. Unos ojos profundos e hipnotizantes que pese al rostro de cansancio que llevaba brillaban llenos de viveza. Ningún gesto que ella realizó paso desapercibido para el neoyorquino, su costumbre de observar a todo el mundo le salía de forma instintiva por lo que ni su fruncir de labios, ni su gélida mirada, ni ese susurro en el que parecía haber escondido a presión un "gracias" poco acostumbrado a decirlo cayeron en saco roto.

Con un resoplido se acomodó en aquellos duros asientos que parecen estar echos a medida para la incomodidad del ocupante. Con un intento de almohadilla en el culo y el respaldo, de un color que un día fue un rojo intenso ahora parecía un marrón negruzco con algunas pintadas en los laterales, el plástico grisáceo estaba caliente al igual que el ambiente cargado, y por suerte aún nadie había sacado un sándwich de salmón o sardinas aceitosas que impregnaran más ese fantástico medio de transporte exclusivo para gente VIP. Continuaba observándola, esta vez de forma mas discreta, cuando ella volvió a hablar y le desveló un secreto a gritos. -¿Tan mala cara tengo?- preguntó bromeando y llevándose una mano al mentón que mesó notando como una barba primeriza comenzaba a salir de forma irregular. Pero su aspecto trasnochador no tenia nada que ver a como se podría encontrar en una misma noche como esa, un año atrás después de salir de uno de los tugurios en los que servia. El Serena tenia un código muy estricto para todos sus empleados y servicio, ni una mancha podía hacer competencia a sus camisas de seda, ni un pelo podía estar fuera de lugar, ni un botón de más desabrochado.

-Pero sí, vengo ahora de terminar de trabajar durante ocho horas infernales y este es el resultado- dijo con una sonrisa señalándose de arriba abajo con un movimiento de mano, como si de una obra de arte urbano se tratase; con unos pantalones vaqueros desgastados, el pelo mojado y liberado de la molesta gomina que lo aplasta al cuero cabelludo, una chaqueta de cuero parduzca y una mochila con el uniforme descansando a sus pies junto a sus deportivas Adidas desgastadas de "salir" que habían dejado de ser ese blanco Neutrex hacia ya tiempo. -Aunque tu tampoco tienes pinta de haberte levantado ahora mismo, es más... parece que tu noche tambien ha sido larga, ¿no?- preguntó pasándole ahora la pelota y dejándole toda una gama de respuestas posibles a las que poder recurrir, después de todo eran dos desconocidos a primera hora de la mañana y Nueva York no se caracteriza por la sociabilidad de sus conciudadanos.
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Re: Nuestro final de día. [Lexa]

Mensaje por Lexa E. Vossen el Vie Jul 08, 2011 6:52 am

Sus ojos azules continuaron aquella ciega observación de la nada, más bien, intentando no dirigirlos hacia el joven que tenía junto a ella. No lo había podido remediar. Debía reconocer que se había fijado en sus facciones, en su rostro. En aquellos ojos de tonalidad verde azulada que rezaban una cansada noche, no obstante, rezumaban una profundidad abismal en lo que de verdad era aquel chico. En aquellos labios esculpidos con sensibilidad mítica y una gran cantidad de sensualidad, de esos que serían capaces de mantenerte toda la noche despierta, se dijo a sí misma sin poder evitar un vistazo fugaz en una mirada huidiza. En sí, el chico era apuesto. Jodidamente apuesto.

Tras aquella pregunta sobre su mala cara, no pudo evitar ya una sonrisa. No porque aquello hubiera tenido gracia, si no por las dos contestaciones que se le plantearon en su depravada mente. Subió la pierna contraria a la que estaba junto a la de él sobre el asiento, reincorporándose en el respaldo, mientras descansaba su mano tamborileando nerviosamente sobre la rodilla desnuda. –¿Mala cara? No, qué va –respondió, alargando las vocales de las últimas palabras con sarcasmo, mientras le dedicaba una sonrisa ladeada. Sus ojos azules repararon fielmente en la mesadura, percatándose de una barba incipiente de escaso tiempo. Se mordió el labio inferior interiormente, sin poder evitar una especie de inquietud que no se atrevería jamás a reconocer con las palabras debidas. No, ella lo llamaba 'inquietud', puesto que rara vez sentía aquello con un hombre al que apenas le había dirigido dos palabras. Y ahora era cuando su cuerpo reaccionaría, por aquellos ojos verde azulado, por aquellos labios perfectos, o por aquella barba primeriza que tanto le ponía, y se lanzaría sobre él como la fiera salvaje que era Bad Juliet. Recordaría aquello con lo que siempre bromeaba su compañera de piso, Blake. Se deslizaría hasta su oído como una serpiente, sintiendo la tela de su camiseta agarrada por sus puños férreos, y le susurraría aquella frase que su amiga siempre le retaba a decir, aquella que amenazaba cor una lenta y placentera violación. Y, finalmente, como quien no quiere la cosa, como si fuera otro de los fracasados del cabaret a los que podía pisotear, le diría: 'Oh, mierda, pero si no iba a ti... Aunque, bueno, si quieres...'. Sofocó otra risa, apartando aquellos pensamientos que la habían sorprendido hasta a ella misma. No, no estaba tan salida, ni tan desesperada. Nunca. Y menos Bad Juliet. No obstante, sentía aquella 'inquietud'. Porque aquel chico, con aquella sonrisa cansada y brillante, seguía siendo apuesto. Y no llevaba una máscara. Como aquella de plomo que descansaba sobre el rostro de esa mala Julieta, que, a pesar de ser una Reina de los bajos fondos, una Diosa entre los mortales que la deseaban de una forma inhumana, obsesiva, no era realmente amada. Era querida por precisamente esa careta de charol que podría romperse de un momento a otro y resquebrajarse como un cristal de lágrimas secas. Porque sin belleza, en aquella pútrida sociedad, no hay amor. Y del amor que ella anhelaba, no lo había con ningún medio.

No pudo evitar una leve sonrisa divertida, de aquellas que salían porque sí, cual niña de tres años, ante aquel 'resultado' de ocho horas infernales. Recorrió bajo una mirada atenta cada retazo de su cuerpo, desde su ropa a lo que no era su ropa, puesto que también miró la mochila, como es obvio: –Sí, bueno –comentó, encogiéndose de hombros falsamente indiferente, rodeando su pierna con ambas manos mientras se las apretaba a sí misma–. Es lo que tiene, están quienes poseen todo sin mover un dedo y quienes no poseen nada moviendo todo el cuerpo –respondió, dándose cuenta de la gracia de aquello de 'cuerpo' dado su empleo. Y aquello era una de las cosas que más detestaba. Su abuelo, su estúpido abuelo, tenía un imperio de dinero por... ¿Qué? No había hecho nada. Solo una buena inversión y una buena idea en el momento adecuado. ¿Y ella? ¿No se merecía también gozar de esa comodidad? Después de todo, era hija de su madre. Apretó más una de sus manos al acordarse de su abuelo, lacerándose con sus propias uñas–. ¿En qué trabajas? –preguntó con premura, al percatarse de que se había quedado ensimismada, aún sin aflojar la fuerza de sus manos, regresando sus ojos azules hasta los de él, mientras ladeaba levemente la cabeza en un gesto infantil.
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Re: Nuestro final de día. [Lexa]

Mensaje por Jensen Grant el Sáb Jul 09, 2011 4:34 am

Una sonrisa contagiosa fue suficiente para que su noche pareciera haber sido mas corta de lo que era en realidad. Hay distintos tipos de risa: esas que quieres evitar ya sean por su estridencia o falsedad, las risas pasables, las agradables, las contagiosas y un nuevo grupo que era la de ella, que reunía mucho de esas dos últimas con algo especial difícil de explicar. Quizás fuera por el traqueteo del metro, las horas sin dormir, el cansancio acumulado de todo el fin de semana o el calambre constante que sentía en el brazo de agitar cócteles, pero su sonrisa le deslumbro y otra -una imitación de segunda calidad relegada a seguir algo imposible de superar- se dibujo en su rostro, pero fue difuminándose con suavidad cuando sus ojos bajaron la vista hacia la pierna que ella acababa de levantar. Sacudió la cabeza mirando al suelo, decididamente esa noche había tomado algo que le había sentado mal, el no era así y como siguiera con su imperioso deseo de observar cada gesto de aquella joven terminaría incomodandola con sus miradas indiscretas.

Lo siguiente lo sorprendió y esta claro que esa sorpresa no fue porque le desveló que no era rica (nadie que pudiera permitirse otro medio de transporte bajaría al subsuelo a aspirar gases y sentir las aglomeraciones) sino porque la mayoría de la gente quería parecerse a ellos. ¿A quien no le gustaría tener aparcado en el garaje un BMW y no una moto de segunda mano?, ¿ a quién no le gustaría que le trataran de usted en un restaurante, sintieran respeto por tí, y que al pasar admiraran tu traje de seda?, con los complementos de las putas marcas que quieras echarte a la cara, llenas de eslóganes "top 10". ¿Que distingue unas gafas de sol normales de unas Ray Band? ¿porque tienes que pagar 70, 80, 90 o 100 dolares mas por una firma blanquecina en uno de los extremos que dice que eres "cool"?. Por eso lo mejor para intentar parecer que estas metido en ese odioso y ansiado a partes iguales grupo elitista es o hacerte el guay con ellos de una forma ridícula, o gastarte el 80% de tu salario mediocre en gastos inútiles que no te puedes permitir. Aunque tampoco sabia si ella compartía sus ideales estramboticos -y como decía su padre- incluso radicales, que se quejara de la injusticia que algunos que la sufría querían taparla ya desvelaba un poco mas del carácter de aquella morena de ojos azules que empezaba a intrigarle de verdad.

Con la vista aún baja observo su mochila cuando le pregunto sobre su empleo. No se avergonzaba de el, es mas, estaba en parte orgulloso. Ser un barman de unas de las mas prestigiosas discotecas de Nueva York era un gran escalón que había conseguido alcanzar con una rapidez poco frecuente, dejando atrás su tiempo de camarero vulgar en cafeteras de bocacalles malolientes. Pero, ¿para que mentirnos?, le habría gustado poder haberle dicho algo mas impactante, algo como...como que era estudiante de ingeniería técnica, o de bioquímica, y que entendía de petroquímica y que hacia derivadas en vez de sopas de letras. Abrió la mano, y si en aquel momento ella hubiera podido tocarla habría comprobado lo áspera que era y que gracias al continuo empeño de su hermana de ponerse crema seguían conservándose medianamente bien. Al abrir la mano, rozo con su dedo indice la pierna desnuda que reposaba en el asiento de al lado. Sin saber bien como reaccionar ante ese efímero contacto no la separo, creyendo que si lo hacia le daría mas importancia de la que pensándolo fríamente era. -Trabajo de barman en un...local de por aquí, en el Serena.- respondió levantando la vista hacia sus ojos de nuevo, intentando no perderse en ellos de nuevo. -¿Y tú, desconocida?, ¿de que trabajas toda la noche?.
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Re: Nuestro final de día. [Lexa]

Mensaje por Lexa E. Vossen el Sáb Jul 09, 2011 9:34 am

Y entonces, se estremeció levemente como si aquel efímero roce entre su dedo y su pierna hubiera sido el beso más frío y sentido de su vida. Se sintió tonta por aquellos pensamientos, mientras la situación se le pintaba como el ridículo encuentro de los protagonistas de una película romántica. Ahora, en aquellos mismos instantes en los que una estrella de cabaret y un hombre desconocido para ella intercambiaban unas obsoletas palabras en un metro cualquiera, de un barrio cualquiera, de una ciudad cualquiera, en un país cualquiera. Pero quizá no fuera todo elección del azar, puesto que en una película romántica, siempre hay un por qué. Quizá ella le había visto en algún sitio. Quizá él se hubiera topado con ella en algún sitio. Fuera como fuere, ahora, uno de aquellos dos individuos unidos por algo incorpóreo, abstracto, abriría la boca para decir pausadamente que había visto al otro en alguna parte, no mencionaría dónde, y que le había amado desde aquel primer momento. Y ahí sería cuando toda la sala, todos los espectadores con las fauces llenas de palomitas y algún líquido alto en azúcares, acallarían sus masticaciones y sus susurros para esperar la respuesta del otro. Que sería una afirmación, y después vendría el tan esperado beso, donde sus labios se fundirían como el chocolate caliente, regalando un suspiro a cada uno de aquellos estúpidos que había pagado por un sueño imposible que, ¿adivinad qué? Nunca se cumpliría en sus vidas. Ni en las suyas, ni en las de nadie. Eso era lo que otorgaban ese tipo de películas, sueños rotos de esperanzas inconclusas, que daban trabajo a gente como Lexa, para aquellos que lloraban porque esas escenas de cuento de hadas no eran para ellos. Lexa odiaba esas películas. ¿Quizá porque sabía que eran una cruel y vil mentira?

Abrió la boca para contestar, llevando su mirada hasta aquel verde azulado hipnotizante, llegando a decirse a sí misma que no le importaría perderse entre las sábanas donde aquellos ojos descansasen. Volvió a cerrarla, tragando saliva ante lo que podría haber dicho, apartando la vista. Quién lo diría, ¿Bad Juliet nerviosa? Se humedeció los labios, mientras se preguntaba a sí misma si de verdad quería que aquel amado desconocido supiera en qué trabajaba. Espera, ¿amado? Tenía que dejar de pensar esas cosas. Había sido una noche dura, y aquello comenzaba a repercutirle en la cabeza. Aunque ella había esperado que las consecuencias de su empleo fueran en su cuerpo, por aquellos estúpidos corsés que llegaban a asfixiarla, y no en su mente. Entonces, cuando abrió una vez más la boca, dispuesta a decirle que hacía amago de prostitución en un cabaret, su móvil vibró en su bolsillo como una alerta del destino. No obstante, tras pegar un bote por la música alta, sacó el aparato y se paró a contemplar con las cejas alzadas un número desconocido en la pantalla de su cutre Samsung. No, espera, no era tan desconocido. Blasfemó por lo bajo en un resoplido, mientras respondía a la llamada de la recepción de su motel. Oh, mierda. Cruzó los dedos mentalmente, esperando con toda su alma que no la llamara para hablar sobre el boquete que sus ‘amigos’ habían abierto en la pared de su habitación.

¿Sí? –respondió en un tímido hilo de voz, desviando la mirada totalmente, para escuchar el gruñido de contestación de aquel viejo loco recepcionista. Se limitó a callar mientras escuchaba la voz rota del hombre, en una regañina continua que no se molestó en rebatir, más que nada por la persona que tenía al lado–. No es culpa mía –comenzó cuando el anciano le cedió la palabra–. Demándales a ellos si quieres, joder, ¿pero me vas a echar a la calle un día que sabes que he estado trabajando? Dame al menos unas horas, solo para descansar –pidió, ya acostumbrada a esas situaciones. Se acabó, cuando aquellos subnormales quisieran fiesta, que fuera en sus respectivas casas, ellos no pagaban un alquiler desorbitado por una habitación asquerosa en un motel de mala muerte. No obstante, cuando le fue negado ese pequeño capricho, aquel que solo rezaba por un tiempo para dormir y encontrarse dispuesta para buscar nuevo hogar durante el día, no pudo más que enfadarse. Y aquello de que ya tenía su maleta fuera y preparada para llevársela cuando quisiera pasarse, no hizo más que aumentar ese enojo que ya bañaba su interior–. Pues vale, viejo loco, ya iré a por mis cosas. Espero que estés contento, ahora me tocará vivir en la calle, como una pordiosera, a la sombra de los colosos. Me tocará prostituirme para vivir, o quizá me violen, quién sabe… –comentó, bajando el tono según hablaba en una voz melodramática. La estridente y ronca risa que recibió de respuesta a través del móvil solo la hizo aterrizar en el suelo resbaladizo de la realidad, esta vez no colaba. Muchas eran las veces que ya había conseguido convencer a aquel recepcionista con sus sucios trucos, no obstante, una tercera vez ya no iba a caer en ellos. Resopló, poniendo ojos de exasperación–. Eres un gran hijo de puta –culminó, aun sabiendo por aquel molesto pitido en su oído izquierdo que aquel viejo no la había escuchado, dando por terminada la conversación.

Pulsó con fuerza aquel botón rojo, como si haciéndolo todos aquellos problemas fueran a desvanecerse delante de sus ojos como una catarata cristalina que dejaba de fluir. Alegó un largo suspiro antes de guardar el móvil de vuelta en el bolsillo de sus shorts, mientras lanzaba una sarta de improperios por lo bajo. La había jodido pero bien. Estaba casi por volverse al Dirty Gold, quizá aún hubiera algún limpiador dentro y pudiera pasar para echarse una siesta, al menos.
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Re: Nuestro final de día. [Lexa]

Mensaje por Jensen Grant el Lun Jul 11, 2011 12:51 pm

Una reacción inexistente. No había sorpresa en sus ojos, ni una mirada cautelosa, ni un ápice de decepción en su rostro. Aunque pensándolo bien...¿decepción por que?. La decepción viene de la mano del aprecio, ¿es que acaso puede decepcionarte un desconocido?. No. Y él era precisamente eso aunque no quisiera aceptarlo en ese momento. Un completo desconocido con el que llevaba hablando dos minutos y del que no sabia aún ni su nombre al igual que el tampoco el de ella. Una lista completa de supuestos navegó por su mente en un instante de lucidez, y con premura nombres como Helen, Claire o Susan aparecían con la misma rapidez pasmosa con la que desaparecían, haciendo que su imaginación tomara de nuevo el rumbo en la conversación en la que ahora gobernaba el silencio titubeante previo a una respuesta incómoda que no llegaría a escuchar, siendo remplazada por un retumbante sonido de guitarras eléctricas y una voz de mujer atronadora a la par que impactante. Para no oírlo, se dijo a sí mismo al escuchar aquella melodía, recostándose en el asiento dejando ese espacio vital para que pudiera hablar con tranquilidad, y dando al pause a su conversación con la esperanza de que el metro redujera velocidad y tardase el doble...que digo el doble, ¡el cuádruple! ¡o el quintuple! en terminar esas dos paradas que lo separaban de su destino.

Mientras ella contestaba al teléfono comenzó a planear una excusa. Una excusa verosímil por la que darle su teléfono o tarjeta del club. Quizás si conseguía una invitación..no, Robert lo mataría si sacaba una invitación gratis, unos chupitos quizás...pero no conseguiría colarla así como así en el Serena. Giró el rostro cuando ella empezó su discurso, e- involuntariamente por supuesto- se enteró de toda la conversación que fue tomando una curva exponencial en intensidad y mala hostia coronado por el fantástico “hijo de puta” falto de un coro de aplausos que acompañaran el culmen de la conversación que dejo atónito a Jensen. 1, 2, 3, 4, 5, 6....segundos de incómodo silencio tras aquel largo suspiro. No hacia falta ser un lumbreras para darse cuenta de que la habían echado del lugar donde quiera que viviera, o en el que hubiera estado viviendo mejor dicho. Un vació lastimero comenzó a invadir al neoyorquino, ¿como alguien podía echarla en medio de la noche dejándola sin un techo en el que cubrirse?, precisamente a ella que parecía poseer todo aquello por lo que un hombre seria capaz de perder la razón.

El metro paro y las puertas volvieron a abrirse con aquel sonido irritante. Una parada Jen, habla de una jodida vez. -Que mal...-susurro en uno de sus alardes de inteligencia. ¡Reacciona!.-Mi apartamento esta algo desordenado, tengo una hermana irritante, una pila de platos sin fregar, y un perro algo escandaloso...pero mi cama es cómoda y algo tendré por el frigo para picar-cito con una media sonrisa controlando la inminente llegada a la parada -Solo hasta que encuentres una alternativa, prometo ser un buen anfitrión y no acepto un no por respuesta- dijo acelerando aquello ultimo, sonando mas convincente y seguro de lo que en realidad se sentía.
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Re: Nuestro final de día. [Lexa]

Mensaje por Lexa E. Vossen el Mar Jul 12, 2011 3:52 am

Satisfacción. ¿Por qué no? Satisfacción. 1- Alegría, placer, gusto. 2- Cumplimiento de una necesidad, deseo, pasión, etc. Una sola palabra que por un desconocido no tendría la menor lógica sentir. Cuatro sílabas inconclusas que englobaban un significado que hacía tiempo aquella bailarina de cabaret no reconocía. Doce letras, doce estúpidas letras que durante escasos instantes bañaron sus azules ojos frustrados, dotándola de una viveza execrable al girar el rostro y su cuerpo automáticamente hacia él, y aquella sonrisa sincera y enorme que se pintó en gradual aumento en sus labios, al cruzar su mirada con aquel verde azulado e interpretar su invitación. 'No acepto un no por respuesta'. Y ella nunca le habría dicho que no. ¿Era brusco? Claro que lo era. Cómo no serlo cuando solamente había intercambiado alguna información con aquel chico. Pero era encantadoramente brusco. Irresistiblemente brusco.

¿Me estás ofreciendo tu apartamento para dormir hasta que encuentre otra cosa? –preguntó, sin poder remediar aquella tonta sonrisa de su boca, con un brillo inocente y esperanzado quizá en los ojos. Más que nada, lo dijo para que aquello traspasase su corteza cerebral y se infiltrase entre sus neuronas, activase los impulsos eléctricos y la sinapsis diera como resultado un rotundo y tajante: SÍ. ¿Por qué? Porque a lo mejor aquello le pareciera muy lejano a la situación en la que estaban. Quizá aquel chico, aquellos labios que comenzaban a volverla loca, y la hacían perder totalmente la cordura como para rezar aceptar su invitación, solo quizá lo hubieran formulado para la otra bailarina de cabaret, la otra morena de ojos azules del opuesto mundo paralelo, donde sí era bella–. Tu hermana no sé, con los platos puedo ayudarte y los animales me gustan –respondió a su citación, evitando hacer comentarios sobre la cama y el 'algo' para comer. Contigo es suficiente. Fail. Bad Juliet, recapacita. Sofocó una risa, siendo sincera, sin saber por qué–. No pongo el duda lo del anfitrión. Vale –terminó, suavizando su sonrisa hasta convertirla en una agradecida. Bajó la mirada y la cabeza levemente, borrando aquella expresión de sus labios al convertirlos mudos, mordiéndose el inferior con timidez. ¿Locura? Tal vez. Pero una locura demasiado tentadora para obviarla. La mejor forma de deshacerse de la tentación, es caer en ella. Y qué mejor forma de caer en ella que esa. Aquel chico, joder, le inspiraba algo. Algo indescriptible. Algo interior, misterioso, jodidamente adictivo. Pero ya valía, ¿no? Acabaría asustándole con sus tonterías si osaban franquear el linde de sus labios. Lo más irónico, solo sabía que trabajaba en el Serena. Había ido a aquel local un par de veces, con Robyn. No obstante, entre tanta clase alta, habría sido imposible que aquel chico la hubiera visto. Era imposible destacar entre aquellos afamados psicópatas. Puesto que ella era otra psicópata, solo que sin el asqueroso dinero que abría aquel abismo entre Robyn y ella. No obstante, quizá prefería hacer las cosas ella misma a que sus familiares le arreglasen la vida con una herencia estúpida. Aún con la cabeza ligeramente inclinada hacia abajo, alzó la mirada para poder gozar de nuevo de sus ojos–. Gracias –susurró una vez más, lentamente, mientras sentía la irrevocable necesidad de volver a morderse el labio, y además la satisfacía. Ya era la segunda vez que decía aquella palabra en el día. Y las dos veces habían sido dirigidas hacia él.
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Re: Nuestro final de día. [Lexa]

Mensaje por Jensen Grant el Miér Jul 20, 2011 1:34 am

Lo que al principio le pareció una locura comenzó a tornarse en una buena idea, pero su pregunta junto con su nerviosismo irracional volvieron a rebajarla a una proposición descabellada y algo atrevida para lo poco que se conocían. La tentación siempre conseguía hacer mella en los, a priori, fuertes muros que Jensen se había ido imponiendo poco a poco. Hacia mucho tiempo que una mujer no le llamaba la atención, veía a diario tías espectaculares tan insípidas e insulsas que incluso se había empezado a plantear que no encontraría a alguien interesante en Nueva York, en el cual todo era repetitivo y el pelo liso y con mechas rubias marcaban al 80% de las jóvenes y no tan jóvenes neoyorquinas. Y entonces llegaba ella, y nada más mirarla había sentido la imperiosa necesidad de saber más de su vida, de sus costumbres, actos, pensamientos y un largo etcétera que no tenia tiempo de desarrollar.

Sonrió cual gilipollas en celo cuando aceptó aquella idea loca que había salido disparada de sus labios sin contención posible. -Perfecto-masculló. Seria el mejor anfitrión que jamas hubiera podido desear. Solo quedaba el pequeño percance que supondría Juliette, seguramente cuando llegaran se estaría levantando y arreglándose, aunque con un poco de suerte se podría haber marchado ya de casa dejándolos solos. Solos.

¿Solos para que imbécil? No vas a hacer nada con una tía así, lo tuyo es hacer cócteles

Se pasó la mano por el pelo, aplastandolo por su paso como hacia siempre que se encontraba algo nervioso. Aunque por fuera no lo pareciera, el corazón se le había acelerado en esos segundos de incertidumbre que podrían derribar todas las esperanzas que había construido o alzarlo a una ilusión que en el fondo se negaba a si mismo. -Si aceptas, como has hecho, porque ya no hay vuelta atrás ... -dijo levantándose de su asiento y tendiéndole la mano para que ella lo imitase -esta es nuestra parada, iré a recoger tus cosas si quieres mañana temprano, antes de que tu...casero pueda alquilar la habitación o el apartamento o lo que sea.-. El metro comenzó a aminorar su frenética marcha y el botón para que la puerta frente a la que esperaba se abriera lo invito recordandose que debía pulsarlo. El brazo se estiro en un acto reflejo rozando el pecho de su acompañante tan de pleno que incluso algunas miradas se volvieron a posar en ellos, dando un principio y un final observado, un completo espectáculo que esperaba no terminar con una buena bofetada.

-Disculpa -susurro para que solo ella pudiera escucharlo -yo...ha sido sin querer -termino sin saber como salir de aquel aprieto. El espacio volvió a tener cabida en aquel pequeño vagón Las puertas se abrieron y Brooklyn era sin duda una para muy solicitada. Le agarro la mano sin volver la vista atrás y la saco de aquel barullo de entradas y salidas en las que se había convertido el metro, las aglomeraciones para ir a trabajar empezaban a dejarse notar. No volvió la vista hacia ella hasta que llegaron a las escaleras que los devolvería de nuevo a la superficie -¿Vamos? -pregunto, dándole una última oportunidad de echarse para atrás.
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Re: Nuestro final de día. [Lexa]

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