HISTORIA DETRÁS DE BOTV:
TRAS EL DESCANSO QUE SE TOMARON TODOS DESPUÉS DE LA MUERTE DE LEAH BLOOMBERG Y CON EL OTOÑO A LA VUELTA DE LA ESQUINA, NUESTROS CHICOS ESTÁN CON MÁS ENERGÍA QUE NUNCA PARA DEJAR ATRÁS EL VERANO SÓLO PARA LOS SOÑADORES Y TURISTAS, Y EMPEZAR DE NUEVO SUS VIDAS EN LA REALIDAD. UNOS SE ADENTRAN EN LA FANTÁSTICA VIDA UNIVERSITARIA Y OTROS, HACEN MALETAS PARA EMPEZAR DE CERO NUEVOS TRAYECTOS. PERO NO, ELLA SIGUE AQUÍ CON NOSOTROS. OS SEGUIRÁ INFORMANDO DE TODO LO QUE VE Y OYE, PORQUE SABE QUE SE GUARDAN MUCHOS SECRETOS TRAS LA MUERTE DE LEAH, Y LA ALTA SOCIEDAD LUCHARÁ Y LUCHARÁ HASTA QUE ALGUIEN CAIGA. PORQUE EN EL UPPER EAST SIDE, LA VANIDAD ES LO PRIMERO. BIENVENIDOS DE NUEVO A INCOGNITO.
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Como pez fuera del agua {Privado}

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Como pez fuera del agua {Privado}

Mensaje por Spencer F. Braverman el Miér Jul 06, 2011 1:28 am

¿Sabes esa sensación de sentir que no encajas en un lugar? Eso era lo que experimentaba Spencer cada vez que estaba en una de aquellas fiestas a las que acudía más por obligación que por ganas. Era el cumpleaños de la hija de unos amigos de su padre y Spence llevaba asistiendo a todos sus cumpleaños desde que podía recordar. Era como si su familia no perdiera la esperanza de que la morena fuera a terminar encajando en todo aquel mundo que tenía ante sus ojos. Había intentado hacerse la enferma para poder quedarse en casa pintando o leyendo en su dormitorio, pero no había colado. Su madre había encargado un vestido para ella hacía una semana y la mujer se había encargado de comprar un regalo -de haber sido por Spencer habría comprado cualquier tontería y se habría quedado tan tranquila-. Esperaba que, por lo menos, el vestido fuera de su agrado y no uno de aquellos elegantes, largos y aburridos trajes de noche que había llevado en más de una ocasión. Sonrió ligeramente al ver que su madre había elegido un vestido corto de un llamativo color amarillo y había dejado a los pies de su cama unos bonitos zapatos de tacón alto de color negro. Torció el gesto ante el par de zapatos, imaginando las múltiples heridas que sufriría si se caía de ellos. Decidió meter en su bolso un par de converse de color rosa chicle, pensando en utilizarlas cuando se cansara de los zapatos.

La fiesta comenzaba a las diez y eran las nueve y media cuando Spencer salió de la ducha, envuelta en una toalla y con el pelo completamente empapado. Dedicó unos minutos a vestirse y a maquillarse ligeramente, centrándose en remarcar los ojos azules que había heredado de su madre. Cuando se terminó de vestir y se secó el pelo, observó su larga y desordenada melena oscura, la cual terminó por recoger en un moño despeinado que le daba ese aire desenfadado que siempre la caracterizaba. Se puso una decena de pulseritas metálicas del mismo tono del vestido, mezcladas con otras de varios colores más tales como rosas, azules, morados... Sin prestar demasiada atención a si combinaban o no. No olvidó ponerse aquel perfume con aroma a moras que tanto le gustaba y se colgó el gran bolso del hombro. Bajó las escaleras para ser sometida a la inspección de su madre que prefirió no decir nada de su aspecto. La morena se puso los zapatos justo antes de salir por la puerta y se tambaleó ligeramente. El chófer de su padre esperaba fuera para llevarla a aquella discoteca. Sonrió al ver el paquete perfectamente envuelto reposando en el asiento trasero del coche, puesto que ella ya se había olvidado de él por completo. Cuando llegó a la puerta de la discoteca eran más de las once de la noche, por lo que imaginó que todos habrían llegado ya. Avisó al chofer de que no se fuera demasiado lejos porque era más que probable que le llamara en menos de una hora. Entró a la discoteca y dejó su bolso en el guardarropa, sabiendo que ni siquiera necesitaría su cartera aquella noche. Depositó el regalo con todos los demás y caminó con pasos lentos, intentando no tropezar, hacia la barra para pedir un refresco.

Vio a la homenajeada rodeada por un grupito de personas, aunque Spencer ni siquiera se acercó. Todos parecían disfrutar de la música y de la bebida gratis, incluso había más de uno que parecía haber perdido completamente el control de sus actos, a pesar de que la fiesta había empezado apenas una hora antes. Pudo observar a unos cuantos conocidos con los que había ido al colegio y fue entonces cuando le vio. Allí estaba, rodeado, como casi siempre de una corte de chicas que parecían pelear por ver quién se llevaba el premio gordo aquella noche. William estaba con la cumpleañera y el resto de sus amigas, encantado de haberse conocido y de ser el centro de atención. Spencer rodó los ojos y tomó un pequeño sorbo de su refresco mientras buscaba una cara conocida y agradable con la que divertirse. Decidió pasear, intentando no caerse ni tropezar por lo que se movía a pasitos lentos y pequeños por entre todos los invitados, recibiendo ligeros empujones cuando ellos pasaban por su lado, sin disculparse siquiera.



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Re: Como pez fuera del agua {Privado}

Mensaje por William R. Holmes el Miér Jul 06, 2011 11:17 am

Aquella noche para mí no tenía nada especial, iba a ser una más, cargada de relucientes luces de neón que se dijeron elegantes allá por los años ochenta, y que ahora, pese a adornar los mejores locales de copas (y variedades), no eran a mis ojos más que una vulgaridad, aparte de un cliché completamente demodé. Y, sin embargo, aquella era una noche especial, única y mágica para una chica, una de esas archi-conocidas en la alta sociedad, una de esas con las que debía empezar, quedar y acabar bien. Era su cumpleaños, sí, esa fecha nada exacta para celebrar un nacimiento (nada exacto también) que suele celebrarse a bombo y platillo en esta y diversas culturas, que en mí sólo causa cierta nostalgia y afán por ahogarme a mí mismo en una enorme copa de Absenta, y que en esta ciudad y ámbito se celebra a base de cócteles bicolores.

Pero, ¿qué es una fiesta sin mi presencia? O, mejor todavía, ¿qué sería de mis noches sin ese embriagador vaivén de caderas, todavía embutidas en eso que las revistas de moda llaman LBD (or Little black dress), ese ir y venir de luces tenues, el repiqueteo de las copas, chocando, unas con otras…? ¡Nada, minucias, algo tan insignificante para el universo que ni siquiera merecer que yo, yo, amigos mío, le preste ni un segundo de mi tenue y fugaz tiempo! La vida, esa que los poetas tachan de efímera, ha de ser vivida; o eso me dije mientras, descendiendo del séptimo cielo en el ascensor hacia las tórrida e infernales calles de Manhattan, contemplaba mi engalanado reflejo en el espejo.

Traje, negro, fino, ajustado y ceñido donde debe serlo, cortado a mano por sastres ingleses. Zapatos de charol, negros y relucientes, con esa ligera inclinación que hace que al andar y el porte sea tan elegante como distinguido. Nada de corbata, no a esas horas del día. Reloj, Cartier, reluciente aparato que da tanto la hora como la clase social, gusto y estilo, anudado firmemente a mi muñeca, ciñéndome el pulso sin remedio. Y sonrisa, de los labios colgada, como quien dice que está dispuesto a hacer que una noche le parezca a aquella chica, la pelirroja, ésa que está sola y apoya un codo distraídamente en la barra, la mejor de toda su mínima e insignificante vida.

A las diez y cuarto, pues quince minutos de retraso son tan ortodoxos, que hacen que las ansías de quienes esperaban crezcan hasta límites insospechados, me bajé de aquel BMW negro conducido por Roger, mi chófer, sureño de acento y nacimiento, y me paré delante del local. Una mirada bastó para que el portero me reconociera, y esa complicidad se saldó en forma de saludo y sonrisa. Y entré en ese mundo abierto, sutil y brillante, lleno de zapatos de tacón y erecciones camufladas bajo un buen corte de Hugo Boss.

Aquel local que tan bien conocía, y en el cual habría encontrado no sólo la rigurosa salida de emergencia, sino también un pequeño aparte que tenía para aquellos encuentros poco apropiados que en todo festejo han de darse, estaba hasta los topes aquella noche. Que la entrada fuese bajo invitación parecía sólo un aliciente para que todo el mundo, todo el Upper East Side y buena parte de Manhattan (y hasta, a juzgar por los andares de una chica regordeta, podría llegar a afirmar que parte de Brooklyn) decidiera celebrar con la anfitriona su fantástica llegada al mundo.

Dice el protocolo que se debe saludar, dar las gracias por la invitación y mantener una ligera conversación superflua con los anfitriones; pero antes de dirigirme hacia mi carismático y polivalente destino, agarré una copa de champán que un camarero, demasiado repeinado e incómodo con su esmoquin, llevaba en una tambaleante bandeja. Bebí un sorbo, dejando que las burbujas dominaran mi boca y garganta, disfrutando de ese amargo y hasta desagradable sabor, mientras me abría paso con mi mirada azul como única arma hasta ella.

En apenas unos minutos, y puede incluso que tan sólo fueran segundos, me vi rodeado de un amplio y variopinto grupo que escuchaba una anécdota que a mí hubo de acaecerme, allá por mis trece o catorce años, en un partido de polo. Para ella, la homenajeada, aquello debía de parecerle el mejor de los regalos, mejor incluso que la pulsera de Bulgari que yo, atento y siempre elegante, había colgado de su fina y huesuda muñeca. La frugal conversación siguió, llegaron copas, y mientras el alcohol se deslizaba por mi elocuente garganta, mis ojos devoraban y desnudaban a una chica de la que sólo sabía que se llamaba Sally y adivinaba un ligero ceceo. Ella, coqueta, se mesaba los cabellos, me tocaba el hombro o reía sin motivo, y cuando iba a girarme para llamar la atención del camarero y que nos trajese “algo más fuerte, s’il-vous-plait”, la vi a ella.

Nada perfecta, terrible como siempre, y, sin embargo, atraía mi atención como un maldito imán. Aunque sus pasos fueran algo torpes y llenase de ligeros empujones la sala, a mí sus movimientos, envueltos por aquel vestido amarillo, se me antojaban similares a esos de las bailarinas de ballet que pueden contemplar durante la Temporada sin tregua alguna cada año. La contemplé, casi absorto, intentando obviar el hecho de que atraía mi mirada de una manera hipnótica. Sacudí la cabeza, volviendo a mirar a la voluptuosa chica que ahora, habiendo visto que mi atención era dispersa y caprichosa, casi se despedazaba y se me ofrecía, abierta y en bandeja.

Diez minutos más pasé con aquel grupo, tratando de reír y ser el elocuente Will a quien admiran, no juzgan e imitan, pero con la llegada de un camarero, cargando con simples copas colmadas de Vodka, me marché con una sombra y sin excusa. La vi, al fondo de aquella abarrotada sala, y la agarré por la muñeca, obligándola a volverse hacia mí.

-Quizá no sepas que las normas básicas de educación exigen un saludo, Braverman –dije, con un tono ciertamente arisco y rencoroso, como si aquello me hubiese dolido de verdad.
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Re: Como pez fuera del agua {Privado}

Mensaje por Spencer F. Braverman el Miér Jul 06, 2011 8:26 pm

Un chico moreno de más de metro ochenta pasó por su lado golpeándola ligeramente en el hombro, lo que hizo que se tambaleara y estuviera a punto de caer. Gracias a Dios –o a quien fuera- un grupo de chicas pasaron por su lado y una de ellas la sostuvo, evitando que cayera e hiciera el ridículo. Spencer se limitó a sonreír alegremente a modo de agradecimiento. Iba a decir algo cuando otra de las chicas agarró a su amiga del brazo para arrastrarla en otra dirección donde, seguramente, les esperaban más amigos. La morena saludó con brevedad a un par de conocidos, aunque no se quedaba a charlar con ellos. Sus ojos azules buscaban con necesidad una cara amiga, alguien con quien divertirse, reír, bailar… Había visto a Will y, aunque evitaba volver a mirar al grupito en el que el rubio se encontraba, su vista se dirigía en aquella dirección casi de manera inconsciente.

Con pasos lentos y torpes Spence buscaba un lugar tranquilo, un refugio en el que esconderse hasta que pudiera encontrar a alguien que le cayera bien entre toda aquella multitud de niños ricos y caprichosos que sólo se divertían gastando el dinero de su familia. Comenzaba a pensar que lo mejor habría sido que se hubiera quedado en casa pintando, leyendo o haciendo cualquier otra cosa. Esbozó una amplia sonrisa al reconocer al fondo de la sala a un par de chicas con las que había ido al colegio y a las que apreciaba de verdad. Se dirigía en aquella dirección cuando sintió como una mano se aferraba a su muñeca y la hacía girar en la dirección contraria. Los casi diez centímetros de tacón, que no ayudaban para nada a su estabilidad, estuvieron a punto de hacer que terminara cayendo de bruces contra el suelo. ¿Quién podría ser el idiota que…? Cuando le vio, supo su respuesta. Se liberó de su agarre y le miró con el ceño fruncido, con gesto enfadado, algo que no pasaba demasiado a menudo. William podía afirmar que era una de las pocas personas que ponían de mal humor a Spencer.

-No te había visto –mintió descaradamente- Hola, William. ¿Qué tal estás? ¿Estás disfrutando de la fiesta? –agregó con un tono monótono, recitando todas aquellas palabras de memoria y deseando acabar cuando antes para marcharse- Ahora, si me disculpas, acabo de ver a… ¡Mierda!

Volvió a mirar hacia donde acababa de ver a aquellas compañeras de clase, pero ya no estaban. ¡Genial! Volvía a estar como al principio, solo que un poco peor. Ahora no estaba sola, aunque esperaba que William no la acompañara demasiado rato. Es más, lo daba por hecho. Estaba segura de que él tendría cosas mejores que hacer que quedarse con ella y, en parte, lo agradecía porque eso significaba que no tendría que discutir con él aquella noche. Por otra parte, quería que se quedara allí, con ella, aunque fuera solo para gritarse y discutir como hacían casi siempre. Tomó un sorbo de su refresco y volvió a mirar al rubio, haciéndose la sorprendida al ver que continuaba de pie frente a ella.

-¿Sigues aquí? Ya te he saludado ¿no? ¿O no he sido lo suficientemente educada para tu gusto? –preguntó, con un tinte desafiante en su siempre agradable voz.

En su interior se libraba la batalla de siempre. Sus hormonas saltaban de alegría de que él siguiera allí, a pesar de que su parte racional gritaba que se alejara, que pusiera distancia y fuera a divertirse lejos de aquel presuntuoso, egocéntrico e insoportable rubio con el que cada vez que se encontraba no podía evitar discutir. Cuando más le gustaba más le odiaba y más se odiaba a sí misma al comprobar que no era tan distinta a las demás como se pensaba. Ella, la que quería que la respetaran y la trataran como a una persona no había hecho otra cosa que caer como todas las demás ante aquel atractivo rubio que sólo se preocupaba por sí mismo.



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Re: Como pez fuera del agua {Privado}

Mensaje por William R. Holmes el Jue Jul 21, 2011 12:20 am

Había sucumbido, no me había resistido, era estúpido y caía una y otra vez en la misma trampa, siempre, una y otra vez. Suspiré, ella había atraído mi mirada desde el mismo momento en el que entró en la sala, y nada podía hacer ahora. Sabía que me había mirado, buscado con sus ojos azules, y no tendría que parecerle una sorpresa el verme ahí. La gente pasaba, miraba, reía y bebía; aquella noche era única, especial para aquella chica que hoy cumplía años. Y para mí… Para mí sólo suponía el tedio de verme, una y otra vez, vencido por una tentación que, como el que intenta atrapar el humo inútilmente entre los dedos, se esfumaba en el aire.

Lo había intentado, sí, de la mejor manera que supe. Había sido quien se esperaba que fuera, elocuente, carismático y con las palabras apropiadas siempre; sabiendo combinar el toque justo de perversión y polémica con la elegancia y saber estar que se le requería a alguien como yo. Lo había hecho convincentemente, había resultado encantador y elocuente, y era bien consciente que, de haber querido, cualquiera de esas chicas habría sido mi compañera y amante esa noche.

Y ahí estaba, interponiéndome entre la vía de escape de Spence y mi dignidad. ¿Por qué, dime, una y otra vez me exponía a sus gritos y calamidades infantiles? El tintineo de las copas me confundía, me aturdía, me mareaba como a quien las campanas que repican en una iglesia le evaden, y sólo quería escapar, correr muy lejos, saltar desde lo alto del Empire State y que, mágicamente, unas alas evitaran que me estrellara contra el suelo. Y no podía, no ahí. La había aferrado, sí, por la muñeca, mis dedos se adherían a su piel con fuerza, a su carne, como si todo mi cuerpo bramara que no debía dejarla escapar.

Y, ¿debía? Sí, debía. Pero, ¿quería? No.

Se tambaleó ligeramente cuando la volteé, cuando la hice girar hacia mí, y cuando se dio cuenta de quién era su captor, se zafó de mi agarre, mirándome con un ceño fruncido que era su saludo más que habitual. O, al menos, cuando se trataba de mí. Una sonrisa estúpida y que carecía absolutamente de sentido fue a parar a mis labios, mientras mis ojos la recorrieron por completo. Una mueca de desprecio fue a sustituirla entonces al escuchar sus palabras. Mentía. Estaba completamente seguro de que me había visto, tanto como de que mi cartera de finanzas en Wall Street no daba más que beneficios. Ella me había visto, sí, había sentido sus ojos azules, fríos y acusadores, clavarse en mi nuca en más de un momento, como si deseara derretirme con la mirada, o, más, convertirme en hielo frío y ardiente a la vez…

-Mientes. Sí que me habías visto. ¿Cómo no ibas a verme? –dije a la par que clavaba mis fríos ojos en los de ella, con la fiereza de un guerrero que defiende sus fueros-. No –dije con voz ronca, y esa fue toda la respuesta a su pregunta-. No hagas preguntas estúpidas cuyas respuestas no quieres escuchar, Braverman.

Desvié la mirada hacia donde sus ojos habían ido a parar, buscando a esa invisible persona que ella creía haber visto, y mi sonrisa torcida se ensanchó al ver que allí me había nadie. Me giré al escuchar mi nombre en forma de grititos y risas femeninas, y con un gesto de la mano, recliné esa nada sutil invitación a unirme a aquella incesante tertulia sobre corsés y braguetas que tenía lugar a apenas unos metros de ahí, y volví a clavar mi fría mirada en ella, Spence. Conseguía sacarme de mis casillas, exasperarme, hacerme perder los estribos. Y, sin embargo, como el kamikaze que sabe que estrellarse contra un portaviones le supondrá la muerte certera y dolorosa, no me fui con inútiles y manidas disculpas, y sin moverme un ápice de mi posición me quedé mirándola, entre fascinado y furioso, sin que un solo e inútil gesto cruzara mi semblante.

-No lo has sido y lo sabes –dije con cierta ironía, sin olvidar mi omnipresente y hasta, en situaciones como aquella, desagradable sonrisa-. ¿Cómo has conseguido que te admitieran aquí, Braverman? He de admitir que estás guapa, pero nunca pensé que esto fuera una fiesta de disfraces…

Bien, ni siquiera pensaba lo que acababa de decir. No. Estaba guapa, más que eso, mis manos deseaban desnudarla, deshacer el amasijo de telas que constituía su atuendo, desnudarla y hacerla mía. Pero no podía, ni quería, o sí quería. No, no podía querer, por más que bramara que el deseo y placer eran mi seña y bandera, con ella no.
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Re: Como pez fuera del agua {Privado}

Mensaje por Spencer F. Braverman el Jue Jul 21, 2011 1:17 am

Se odiaban y aquello era algo que todo Manhattan sabía; la menor de los Braverman y el mayor de los Holmes no podían permanecer en la misma habitación sin gritarse o discutir por cualquier tontería. Si ella no le buscaba a él, era él, como en aquel momento, el que se encargaba de acercarse a ella para sacarla de quicio con su egocentrismo, su sonrisa arrogante, sus ojos azules y su pose de modelo. Eran demasiado diferentes como para no chocar y esa se había convertido en su manera de relacionarse. Spencer recordaba con cierto cariño los momentos en los que ella le había observado en el colegio, escondida detrás de alguna columna, mirándole desde la distancia. Allí estaba a salvo, admirándole desde lejos, sin correr el peligro de que su mirada la idiotizase como hacía con las demás. Pero ella, la que afirmaba ser completamente diferente al resto, había terminado por no ser tan diferente. Ella también se había visto atraída por aquel rubio cuya presencia no podía soportar.

-Vale, sí, te había visto, pero pensaba que si te ignoraba, desaparecerías de la faz de la tierra y el mundo sería un lugar mucho mejor. –cada vez que William estaba cerca, Spencer utilizaba un tono de voz hiriente y frío que solo reservaba para él.- Entonces, si no querías que te preguntara nada ¿A qué has venido? Dudo que tu cometido en esta fiesta sea hacerme compañía puesto que no creo que merezca un castigo como ese.

Rodó los ojos cuando uno de los grupitos de chicas que por allí había comenzó a dar exasperantes y agudos grititos al reconocer al rubio hablando con ella, llamándole para que se acercara y conversara con ellas. Spencer se vio tentada a empujarle hacia ellas y que se lo quedaran para siempre; tal vez así ella podría intentar divertirse aunque sabía que no lo conseguiría. Para su sorpresa, William no la abandonó, y se quedó allí con el claro propósito de molestarla, como siempre. Cualquier otra había sonreído por captar su atención y ella también lo habría hecho de no ser porque quería mantener su fachada de indiferencia ante él y porque el siguiente comentario del rubio la hizo sentir pequeña, vulnerable y absolutamente ridícula.

Nadie, nadie en el mundo era capaz de hacer que aquella morena flacucha, que lejos estaba de ser tan exuberante como la mayoría de las chicas que había en la discoteca aquella noche, se sintiera incómoda o ridícula con su ropa. Así era ella, una mezcla extraña de colores que nunca terminaban de combinar del todo. Ella no combinaba con nada. No combinaba con aquel ambiente a pesar de haber crecido en él. No combinaba con los ajustadísimos vestidos negros que llevaban la mayor parte de las chicas. No combinaba con todo aquel maquillaje y, por supuesto, no combinaba con su momentáneo acompañante. Pasó la mano libre de manera disimulada por la tela de su vestido amarillo limón que, sin poder evitarlo, llamaba la atención entre tantos trajes y vestidos de colores oscuros. Estaba acostumbrada a aquellos comentarios, pero no por eso dejaban de afectarla, aun así, su mirada no dejó entrever nada de esa inseguridad que William provocaba en ella. ¿Se había quedado sin palabras? Por supuesto que no.

-Supongo que alguien le tiene que poner algo de color a esto. –encogió los hombros ligeramente y tomó un pequeño sorbo de su refresco-. A los payasos los contratan para fiestas infantiles y a mí me invitan a estas. -comentó en tono jocoso, camuflando de esa manera el hecho de que su comentario la había herido más de lo aparente.

“¡Vete!”, “¡Aléjate de él!” Eso era lo que gritaban las voces de su cabeza una y otra vez, intentando prevenirla, como siempre que él estaba cerca. ¿Si nunca obedecía a su cabeza por qué iba a hacerlo en aquel momento? Había veces que pensaba que aquella era la única relación que podía mantener con él. Él se metía con ella y ella se la devolvía. Él la sacaba de quicio, ella gritaba como una loca hasta cansarse. ¿Quería que fuera diferente? Probablemente. Ella, a pesar de esa fachada de chica dura, había fantaseado en más de una ocasión cómo sería estar con William, cómo sería besarle, salir con él ¿Ser su novia? Imposible porque él no quería novias o no lo parecía puesto que la lista de chicas con las que el rubio había compartido cama era interminable mientras que ella no podía ser más inexperta.



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Re: Como pez fuera del agua {Privado}

Mensaje por William R. Holmes el Jue Sep 01, 2011 8:20 am

¿Por qué? ¿Por qué si puedo tener a cualquier chica de esta sala, desde la más virginal y absolutamente inocente a la que con sedas adorna su cama, hablo con ella? ¿A qué esa tremenda pérdida de tiempo, de orgullo, de vanidad, de energías y paciencia? ¿A qué consumir unos mínimos, por escasos que parezcan, una y otra vez, tratando de razonar con aquel espécimen raro e insólito que era Spencer Braverman? Y, sobre todo, ¿por qué una sonrisa extraña, ladina, como traviesa y de intención esquiva y pelegrina, adornaba mis labios que deberían estar besando los de ella?

Ella, sí, siempre había estado allí: una invisible pero siempre presente presencia detrás de una columna, una chiquilla que se escondía tras una armadura de libros. Y, ahora… Ahora, sí, ahora, hacía unos días, semanas, meses, que ella, de vez en cuando, aparecía, aparecía y… Me turbaba. Siempre, siempre tenía que discutir, una palabra fuera de lugar, unas uñas esmaltadas en un tono demasiado brillantes. Unas uñas que desearía que estuvieran arañando mi espalda, aunque de mi garganta sólo saliesen palabras hirientes, malas palabras para ella. Spencer… Sí, ella.

-Todos aquí me han visto –dije con autosuficiente, aunque su último comentario me había dolido. Una herida, sí, una mella en mi coraza de rubíes y zafiro, una coraza de sedas y perfume, de encaje dentado deslizándose por unos muslos firmes, suaves, femeninos. Sus muslos… Mi miraba vagó por su cuerpo, buscando algo, algo demasiado presente, algo embriagador, y boqueé como un idiota, como un chico de apenas trece años con su primera erección involuntaria… Aunque yo tuviera más, mucho más dominio de mí mismo-. He venido a beber, bailar, disfrutar. Conocer a esa chica –dije señalando a una chica, una cualquiera, sólo que una especialmente atractiva-. Conocerla a fondo, tú ya me entiendes –le guiñé un ojo, juguetón, sabiendo que eso la haría rabiar sobremanera-. Mi cometido en esta fiesta no es otro que el de ser yo. Y yo estoy muy solicitado, Braverman. Y, sin embargo… Me aburre todo ese parloteo, los vestidos ajustados, los altísimos tacones de aguja. Sí, Braverman, ese sobre los que no sabes andar. Y tú eres divertida, ¿sabes? Pareces tan fuera de lugar… como un pez fuera el agua.

Lancé una mirada al atractivo e insolentemente escandaloso grupo de chicas, algunas conocidas de vista y otras de tacto, que trataban con una desesperación que casi despertaba mi ternura (casi, sin llegar nunca a conseguirlo, eso habría arruinado tantas, tantas cosas, que lo mejor era ni mencionar el hecho de que, por algún casual, mis barreras pudieran debilitarse y convertirse en castillos de arena que, a la venida de una ola lo suficientemente fuerte, se desmoronan. Y de ahí la ternura nunca
achacada). Adiviné la mirada de Spencer sobre la mía, traté de juzgarla, de convertir esa mirada, ese leve roce de sus ojos azules, imposiblemente azules, azules como una piscina en la que ahogarse… Esa mirada, sí, convertirla en algo más. Porque… ¡ella me miraba, sí, como si se regodeara de que yo estuviese allí en vez de estar con ellas, esas chicas mucho más dispuestas a abrirse de piernas sobre mis sábanas de algodón egipcio, aunque tratase de aparentar que el mero hecho de estar conmigo, mínimamente cerca de mí, la turbara y atormentara como una tormenta feroz cuando se quiere estrenar una chaqueta nueva de ante!

Y mi sonrisa se ensanchó, cruel, calcada de las de otros chicos como yo, chicos que perecieron en su intento de alcanzar la altura e importancia del Empire State Building, al ver que unas simples palabras mías, palabras malintencionadas, consiguieran turbarla y consternarla de alguna extraña manera. Y, pese a mis palabras, ¡crueles palabras!, deseaba agarrarla por la barbilla, y besarla (¿besarla?) y decirle que no, que era mentira, que estaba preciosa con aquel vestido, aunque mejor estaría sin él. Spencer Braverman despertaba en mí, de un tiempo a esta parte, tanto desprecio como deseo, deseo exacerbado, deseo feroz, deseo incombustible y ardiente. Sí, la deseaba, eso era, ni siquiera podía decir que me cayera bien. ¡No! ¡Era tozuda, obstinada, y siempre, siempre, conseguía estar completamente fuera de lugar! Daba igual donde la encontrarás, si paseando por la segunda planta del Metropolitan, rodeada de cuadros del siglos XVII, o si en una esquina de Greenwich, ¡ella siempre estaba fuera de lugar! Pero, sus ojos, azules imposibles, su cabezonería siempre presente, sus ganas de refunfuñar, de ser diferente, sus miradas esquivas… Algo, sí, había algo en ella que…

-Tú lo has dicho, color. Color, color. Pero, ¿sabes cuál querría ver en ti? –dije, en un tono de voz hiriente, traidor, acusador y que no era mío, que no podía serlo-. Rojo. Rojo, como la nariz de esos payasos que tanto te gustan. Pero un rojo diferente. Piénsalo.

Y no se iba. Ella tenía que irse, huir de mí, escapar para que mis manos no pudieran apresar sus finos brazos. Porque, si no se iba, o si yo no me iba, acabaría cometiendo una locura. ¡Una locura, una locura con ella! ¡Con ella, entre todas!, ¿y por qué? No era la más guapa, no, ni tenía el mejor cuerpo, ni sabría hacer esas cosas con la lengua que aquella chica de Praga me enseñó. No, no sería la mejor amante, y desnudarla con ojos y zarpas a cualquier otra chica del local sería provechoso. Lo necesitaba, el tacto de una piel sudorosa, húmeda de deseo, el rubor en unas adolescentes mejillas… Lo necesitaba desesperadamente, lo necesitaba para no pensar en ella.
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Re: Como pez fuera del agua {Privado}

Mensaje por Spencer F. Braverman el Jue Sep 01, 2011 10:08 am

Spencer rodó los ojos, sin poder evitarlo cuando él dejó bien claro que todos en aquel exclusivo local se habían dado cuenta de su presencia. Sí, siempre era así. Todos intentaban llamar la atención de William –no sólo las chicas, también ellos intentaban que la popularidad del rubio les salpicara un poco para que su noche fuera más productiba- y ella era, probablemente, la única en aquel lugar que no quería pasar su tiempo con él; bueno, la única que lo aparentaba. En el fondo su corazón de adolescente latía desbocado cada vez que los ojos azules del muchacho se paseaban por su cuerpo o se fijaban en los suyos. Había pasado los años de instituto escondida detrás de las columnas, observándole cuando nadie miraba y comportándose como una auténtica idiota. Nunca había conseguido reunir el valor para acercarse a él y entablar una conversación normal, ni siquiera teniendo en cuenta que su hermana menor era su mejor amiga. La primera vez que hablaron discutieron por una estupidez y, desde aquel momento, Spencer se dio cuenta de que aquel sería el mejor modo de relacionarse con él. Se gritaban, se insultaban, nunca estaban de acuerdo y nunca lo estarían. Él se comportaba como el rey del mundo y ella nunca sería su “reina”. Ella nunca sería su tipo y por eso le odiaba más, lo que hacía que se odiara más a sí misma. Se había visto envuelta en un círculo vicioso del que no podía salir.

Sus pensamientos se vieron confirmados cuando William señaló a una atractiva muchacha que bailaba con su grupo de amigas unos metros más allá. Las diferencias entre ambas eran significativas; empezando por el color de sus vestidos, siguiendo por su manera de estar, el hecho de que ella no parecía tambalearse en sus tacones, que ella parecía divertirse, pasárselo bien… Encajar. Sí, definitivamente aquella muchacha encajaba con el entorno. Encajaba con él. Podía imaginarla, perfectamente, caminando del brazo del rubio por el local, llamando la atención de los demás y despertando las envidias de casi todos. Sus grandes ojos del color del mar se volvieron hacia él cuando afirmó que la encontraba divertida y no por cualquier motivo, sino por el hecho de que alguien como ella resultaba demasiado ridícula en un grupo tan homogéneo como aquel. Cierto era que no conseguía pasar desapercibida en ningún sitio, pero las diferencias resaltaban más en un lugar como aquel, donde todos parecían cortados por el mismo patrón, vestidos por los mismos diseñadores y riendo con el mismo tono agudo y estudiado que buscaba llamar la atención de los demás.

-Ya sé que soy divertida, Holmes. No necesito que tú me lo digas. –respondió ella- Es mi función en el mundo: divertirte a ti, a tus insípidas amiguitas y a todos esos que te rodean, adorándote como si fueras un Dios y que no dudarían en venderte al primero que apareciera con una cartera más abultada que la tuya. Puede que yo no encaje, tampoco lo necesito; pero ¿Qué serías tú sin todos ellos? –preguntó.

Ella era distinta a los demás y estaba a gusto consigo misma. En ocasiones le gustaría poder fundirse con su entorno porque sabía que aquello haría todo más sencillo para sus padres, pero no quería. Ella era feliz siendo ella misma. No necesitaba halagos vacíos, no necesitaba beber hasta perder la consciencia y abandonarse en los brazos del primero que pasara por su lado. No precisaba de la atención de todos aquellos niños ricos que no reconocerían una personalidad ni aunque les hiciera la ola con un cartel luminoso. Ella no necesitaba su aprobación. No la necesitaba. ¿La deseaba? Era más que probable que así fuera. En su fuero interno deseaba convertirse en una más sólo con el objetivo de que aquel al que tanto odiaba se fijara en ella para algo que no fuera discutir e insultarla. Por supuesto, renegaba de cualquier tipo de debilidad que pudiera hacerla vulnerable a los ojos de aquel depredador rubio de ojos azules.

-¿De verdad Kat y tú compartís genes? ¿Estás seguro? Porque creo que eres el ser más odioso que conozco y tu hermana es una santa.

El tono hiriente de las palabras de William comenzaba a hacer mella en la joven morena que deseaba vaciar el contenido de su vaso sobre aquel carísimo traje y marcharse de allí con su dignidad intacta, algo que sería complicado con aquellos altísimos tacones. ¿Por qué no la ignoraba? Ella había sido mucho más feliz en su adolescencia, cunando lo tenía idealizado como a los príncipes azules de los cuentos, cuando soñaba con ser una de aquellas a las que William besaba por los pasillos del instituto. Cuando esperaba que él se despertara un día para darse cuenta de que aquella morena flacucha, de grandes e inocentes ojos azules que pasaba tanto tiempo en su casa que comenzaba a parecer que vivía allí, se sentía tan atraída por él como las demás. O tal vez más.

¿Y si se iba? Si lo dejaba allí estaba segura de que él no la perseguiría y estaría a salvo lo que quedaba de noche, incluso podría irse a casa y dedicarse a pintar hasta el amanecer. Ella sólo le había prometido a su madre que iría a la fiesta, no que se quedaría hasta el final. Sin duda, las palabras de William resonando en su cabeza no habían más que invitarla a marcharse sin mirar atrás y dejar que él se fuera con cualquier chica que estuviera dispuesta a dejar que el rubio se aprovechara de ellas sabiendo que al día siguiente tendrían un millón de cotilleos jugosos que compartir con sus amigas. Acomodó un mechón rebelde de cabello oscuro tras su oreja mientras, después de un par de segundos, desviaba su fría mirada azul del joven que seguía parado frente a ella, buscando de manera infructuosa a alguien que la alejara del peligro ya que ella sola no podría hacerlo.



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Re: Como pez fuera del agua {Privado}

Mensaje por William R. Holmes el Vie Sep 02, 2011 9:39 am

Intenté apartar la mirada de ella, sabía que si seguía mirándola algo me delataría, cometería una locura, mis manos se deslizarían por su cuerpo y mi mente divagaría, viéndola como algo que no era… Tantos años viéndola, discreta y distinta, como si no existiese de verdad, como si no perteneciese a mi mundo. Amiga de Kat, se disfrazaba de alguien normal para vagar por el salón de nuestra casa, y sentía la mirada de esa niña, fría, escrutadora… Y algo cambió, no sé, necesitaba sentir esos ojos azules mirándome, escrutándome, aunque su mirada no fuese más que un terrible juicio acerca de todo lo que ella despreciaba de mí. Es insoportable. Es insoportable, es insoportable. Me repetí eso mil y una veces, en aquella fiesta, rodeado de gente, champán y risas. Es insoportable.

Pero, ¡mira sus ojos, míralos! ¡Ahógate en ellos, piérdete para siempre, porque, una vez que te tiras a la piscina, jamás encontrarás la escalera para volver a la superficie! Y la miré, otra vez. Recorrí su cara, su maquillaje tan diferente al de las demás, sus uñas pintadas de colores, su pelo negro… Recorrí con mis ojos azules su cuerpo, oculto por ese vestido amarillo, y una sonrisa escapó de mis labios. Sacudí la cabeza, no. No, no. No podía decirle lo que pensaba…, y, ¿qué era lo que yo de verdad pensaba? ¡Ella es una niña, una niña estúpida y poco prudente que cree que puede escapar de este mundo, que es diferente y mejor a todos nosotros, que trata de aparentar que nada le afecta cuando en realidad sólo quiere echarse a correr, y llorar, llorar!

Y el mundo pareció explotar en carcajadas. Todos me miraban, pero, ¿no era eso lo normal?, ¿no era lo que siempre había necesitado? Ellos… No había admiración en sus rostros, sólo burla. Burla, desprecio, jocosas risas que pretendían hacerme sentir inferior. ¡Inferior… a mí! ¡No, no, no!, ¡no era verdad, nunca!

Y sonreí. Sonreí, como siempre, y mi lengua parecía haberse afilado más que nunca. Me volteé, girando mis pies sobre el suelo de mármol, y busqué con la mirada a la chica que antes había señalado. Ella me deseaba, quería ser mía. ¿Por qué? ¿De verdad importa por qué? Mis manos encontrarían el camino, debajo de su vestido, y mis labios se amoldarían bien con los suyos. Estaba seguro, sí. Ella me desea, mírala. Me mira, me sonríe, se ríe. No como Spencer, no, ella nunca… Ella ni siquiera sabe lo que es que te ardan las entrañas, que todo tu cuerpo se estremezca, que te sientas explotar, ir, una y otra y otra vez. No lo sabe. No, no lo sabe…

-Podrías resultarme mucho, mucho más divertida –dije, casi en forma de gruñido cuando su voz volvió a rasgar el aire, haciendo que un escalofrío recorriera mi espina dorsal-. Necesitas que te lo digan, Braverman. Todos necesitamos que nos digan las cosas, ¿no lo sabías? Sí, niña, somos como el fuego, que necesita al oxígeno para llamear. Sólo que nosotros los necesitamos a ellos, los aplausos, las risas… -dije, casi confundido por mis propias palabras y el tono de amargura que habían adquirido-. Ellos me necesitan más de lo que yo los necesito a ellos. ¡Joder, Braverman, lo sabes mejor que yo! Tú no eres como ellos, no, ¡pero yo tampoco! Yo soy su maldito líder, ¿sabes? ¡Les divierte tratar de pensar que pueden convertirse en mí! Aunque sea por un momento… Ellas quieren que les baje las bragas, y ellos quisieran ser la mano que lo hace. Pero esa mano es mía, Spence, no lo olvides. Algún día, quizá pueda ser la mano que baje tus bragas, ¿no crees?

Sí, eso estaría bien. Demasiado bien. Cerré los ojos por un momento, tratando de imaginar la escena, pero los abrí súbitamente. Aquello no iba a pasar nunca, no y… ¿por qué perder mi tiempo, mi valioso y preciado tiempo, imaginando cómo sería si pasara? ¡La vida está para vivirla, y puedo tener a cualquier chica! A cualquier chica, sí, a cualquiera. Miré de nuevo a la chica de antes, dirigiéndole una sonrisa juguetona para después guiñarle un ojo. A ella, por ejemplo. Con un gesto de manos, le indiqué que hablaría más tarde con ella, y eso pareció complacerla sumamente, pues cuando se volvió a dirigir a sus amigas, no paraba de reír y de señalarme, como si le hubiese tocado la lotería. Tragué saliva. Estúpida. Miré de nuevo a Spencer, dirigiéndole una sonrisa macabra. Sí, Kat era su mejor amiga, pero también mi hermana…

-¿Lo es? Me alegra que creas que así es –dije, con cierta picardía-. Quizás algún día se aburra de ti, al fin y al cabo, ella es demasiado buena para andar con alguien como tú. Aunque prefiero que no lo haga, me divierte verte por casa… A ti y a tus tonterías, Braverman.

La miré, expectante. Si tenía un poco de orgullo, aunque sólo fuese un poco, me golpearía. Tenía que hacerlo, ni siquiera entendía cómo seguía ahí, parada, aguantando las embestidas de mis palabras, como si dagas afiladas laceraran su piel. Suspiré, vaciando de un trago mi bebida y sintiendo cómo ardía, cómo quemaba mi garganta al deslizarse suavemente por ella. Cerré los ojos, pensando cuándo agradable sería poder dejarme ir, seguir mis impulsos, dejar de pensar en la imagen que tenía que dar, y ser amable con ella… Sí, podría empezar por decirle que estaba guapa, porque lo estaba. ¿Tan terrible sería si lo hiciera?

-Estás menos horrible que de costumbre –dije, exhibiendo una mueca. Era mejor que nada.
Busqué con la mirada a algún camarero, y al encontrar a uno menudo y con la cara llena de espinillas, le arrebaté el whisky doble que llevaba a algún desgraciado, preguntándome quién habría decidido contratar a un tipo como ese. Me bebí una tercer parte del vaso de un trago, y el mundo pareció tambalearse, mecerse, como si estuviese a bordo de un velero en una noche tormentosa… La miré, con una sonrisa extraña, etérea en mis labios. Bonita, bonita sensación de ir perdiendo el control.
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Re: Como pez fuera del agua {Privado}

Mensaje por Spencer F. Braverman el Vie Sep 02, 2011 10:43 am

Se sentía tan idiota estando allí parada que, si estuviera viendo la escena desde fuera, no dudaría en apartar a la niñita incauta de aquel rubio de lengua afilada que parecía disfrutar con cada desplante y cada discusión. Alguna vez se había preguntado cómo habría sido su relación con William si ella hubiera sido una más ¿Se habría fijado en ella en el instituto, si se hubiera unido a la nube de admiradoras? Seguramente habría terminado como todas las demás, dejándose querer por un rubio que poco o nada parecía comprender de sentimientos. El muchacho era, muy probablemente, consciente del reguero de corazones rotos que había dejado al amanecer entre sábanas revueltas. Ella había deseado ser una más si aquello suponía llamar su atención. Sí, así era. Se odiaba por eso y había decidido dejar de lado la debilidad de sus hormonas para mantenerse firme en su decisión de seguir tratando a William con la mayor hostilidad posible. Ella, la que se jactaba de sus diferencias, había terminado por no ser tan distinta, aunque ella nunca mendigaría la atención del chico, no, al menos, de manera consciente.

Se sintió incómoda cuando los ojos azules de Will se desviaron de su rostro por unos segundos para trazar un recorrido por su cuerpo. Creyó ver aparecer un amago de sonrisa, pero nada más lejos de la realidad, puesto que sus palabras parecían haberle hecho reaccionar. Por un segundo parecía que Spencer iba a recuperar su ansiada soledad, puesto que el muchacho dirigió una mirada cargada de intención a la joven que había llamado su atención instantes antes. ¿Estaba celosa? Sí. Había dejado de negárselo a sí misma aunque seguiría haciéndolo ante el mundo. ¿Le odiaba? Por supuesto. ¿Le gustaba? Demasiado como para que fuera sano y recomendable. Había momentos en los que creía que sería todo mucho más sencillo si dejara de reprimir todos aquellos extraños sentimientos que William despertaba en ella; Escuchó todo aquel discurso con una ceja alzada y dejó escapar una suave carcajada cuando dejó entrever que, tal vez, algún día ella llegaría a ser como las demás, a dejar que él paseara sus expertas manos por su cuerpo. ¡Ja! ¡Jamás mientras ella estuviera en sus cabales y las dichosas hormonas se comportaran como era debido!

-Tú eres su líder hasta que ellos se aburran de ti y lo sabes. Tiene que asustarte ¿no? El pensar que sus cerebros funcionen algún día, que sus neuronas hagan contacto y que descubran que no eres tan diferente como ellos creen, que se den cuenta de que no eres más que un niño rico con demasiado afán de protagonismo. Dices que ellos te necesitan más a ti, pero nuevos ídolos nacen todos los días y puede que tú dejes de ser el suyo el día menos pensado. –rebatió ella-. Aunque bueno, siempre habrá descerebrados que busquen a alguien a quien seguir y desesperadas que se mueran porque alguien, que ni siquiera recordará su nombre al día siguiente, las embauque con una sonrisa gamberra, un guiño y unos cuantos gestos estudiados. Me alegra decirte que no estoy tan desesperada y espero no estarlo nunca.

Él decía poder tener a cualquiera y Spencer sabía que, si ella jugara bien sus cartas, también podría atraer más de una mirada aquella noche, no solo por el color de su vestido. La morena tenía algo diferente a las demás y se había dado cuenta de que ese “algo” resultaba atractivo para algunos. Ella, por su parte, continuaba volviendo sola a casa cada noche y no había nacido el chico que consiguiera traspasar la barrera de los besos. No había nacido para ser una más. No había nacido para ser una muesca en el cabecero de cualquier cama. No había nacido para ser olvidada o despreciada.

El intercambio de miraditas y gestos estaba a punto de hacerla vomitar y las risitas de aquel grupo de idiotas hizo que sus ojos rodaran de desesperación. ¿Cómo iban a conseguir que las respetaran si se derretían ante la mirada del primer chico guapo que les prestaba un poco de atención? ¡Por el amor de Dios! ¿Dónde estaba su orgullo? Seguramente lo habría perdido hacía demasiado tiempo o nunca lo había tenido.

Por un segundo la conversación se centró en Katrina y, por primera vez en todo aquel rato, la mirada de color océano de Spencer se suavizó ligeramente al recordar a la rubia hermana del protagonista de sus mayores pesadillas. Aun así, la alegría no duró demasiado y sus ojos se ensombrecieron ante aquel deseo de que Kat dejara, de una vez por todas, de pasar tiempo con ella. Seguramente, si eso sucediera algún día, sería un duro golpe para ella, mucho más duro de lo que cualquiera pudiera imaginar.

-Supongo que entonces puedo morir a gusto. Mi propósito en el mundo se ha cumplido y ya he descubierto mi misión en la vida: Divertirte. –suspiró pesadamente- Ni siquiera sé qué hago hablando contigo y tampoco llego a comprender qué estás haciendo aquí parado cuando aquella de allí puede proporcionarte una diversión completamente distinta a la que yo te daría jamás.

Lo siguiente la pilló desprevenida. Un halago. Porque sí, aquellas palabras que no parecían demasiado agradables eran lo más parecido a un halago que ella había escuchado salir de sus labios. Seguramente la confusión se vio reflejada en su rostro durante un instante. Sí, sabía responder a los insultos y desplantes, pero aquello era algo nuevo. Tampoco era un piropo en toda regla, por lo que no iba a darle las gracias. Sin duda, había conseguido descolocarla. Ella también depositó su vaso vacío, después de darle el último trago a su refresco, sobre la bandeja del camarero y le dedicó una amable sonrisa antes de que el muchacho se alejara de ellos. Cuando volvió a mirar a William descubrió una extraña sonrisa dibujada en sus labios. Ella no sonrió, todavía demasiado confusa como para reaccionar de alguna manera.



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Re: Como pez fuera del agua {Privado}

Mensaje por William R. Holmes el Sáb Sep 03, 2011 9:29 am

Aquella sensación se fue apoderando de mí, inundando mi cerebro, ralentizando mis sentidos. Esas luces de neón me hacían parpadear, una y otra vez, y el ardor en la garganta sólo me hacía sentir deseos de beber otro trago, y otro… Dejarme ir, sentir cómo mi cabeza daba vueltas, cómo, pese a seguir siendo el dueño de mi cuerpo, este no parecía obedecer con la perfección habitual a mis órdenes. Pero me gustaba, sí, todo parecía más fácil, más sencillo, y la bruma que cubría mis pensamientos me permitía sonreír, sonreírle a ella… Sí, ¿por qué siempre tenía que hacerla rabiar, enfadar, y a veces incluso entristecerla? No, eso no estaba bien, ella no merecía mis desprecios… Carraspeé ligeramente, aclarándome la garganta, como si fuese a decir algo… Pero ni siquiera conseguía encontrar las palabras. Palabras, vacías, que pueden ser hemosas… o pueden clavarse como dagas en los corazones ajenos.

Y no podía dejar de mirarla. Quizá fuese efecto del whisky, quizás el alcohol me hacía mella, quizá la noche me confundieran, y todas esas luces que tanto aturden a mis pensamientos… O quizá fuera su vestido. Sí, eso era, ese vestido… Ella, sí, estaba guapa, lo era. ¿Por qué nunca lo había visto con tanta claridad? O quizá sí, puede que siempre lo supiera, desde el primer día. Puede que, simplemente, me hubiese negado la realidad, una y otra vez, pero ojalá ella fuese otra, cualquiera. Cualquiera, una chica más fácil, más sencilla, más accesible. Podría besarla, sí, y quizá no me cansara de hacerlo, puede que hasta me gustase. Puede que, incluso, llegase a quererla.

Pero aquello parecía imposible, y más cuando, henchido de orgullo y con las hormonas más que revolucionadas, insinué que, quizás algún día, mis manos serían las que bajasen sus bragas. Y ella se rió, una cruel carcajada escapó de sus labios, y me sentí vacío y dolido. Me mordí el labio inferior, confundido. ¿Cuántas veces me habían rechazado? ¿Acaso esta era la primera vez? Y, aunque la propuesta no hubiese tenido otro fin que el intimidarla e incomodarle, me sentía dolido. En el fondo de mi alma, había deseado que ella me deseara, que dijese que sí. Y aquello me ponía los pelos de punta.

-No –dije, con voz ronca. No quería creerlo-. Son débiles, necesitan a alguien fuerte, un líder. Ese soy yo, Spence. Y lo voy a seguir siendo, ¡tú sabes que es mi destino, joder! Si tu cerebro funcionara correctamente, no me dirías que no. Lo sabes –dije furioso, sin apartar mis ojos azules de los suyos, imposibles, perfectos-. Admito que apenas piensan, ya estoy yo para hacerlo por ellos, pero sólo necesito la atención que ellos me dan. Tú sabes lo que es acaparar las miradas, aunque a veces no quieras –dije dando un paso hacia ella, casi con un tambaleo-. Lo llevamos en la puta sangre, sólo que algunos sabemos manejarlo mejor, y hacer que nos sigan en vez de que nos llamen raritos. Carisma, llámalo equis… Pero existe, y lo sabes. ¡Joder, Spence, tú y yo no somos tan distintos! En el fondo, ¡te gustaría querer que yo te devorara con algo más que una mirada! Pero no. Jamás pasará y… Y lo sabes. No puedo caer tan bajo, ni tú estás tan desesperada como para dejar que te ponga un dedo –mis ojos seguían clavados en los suyos, escrutándola con dureza-. ¿Verdad?

William Richard Holmes, el chico que lo tenía todo. El apellido, la familia, la mente despierta, la planta física y el carisma. William Richard Holmes, el chico que podría tenerlo todo, a cualquiera, a cualquier chica que le mirara durante unos segundos. William, sí, ese soy yo, otro pobre iluso que cree que puede condensar el placer, hacerlo eterno, tomarlo en prácticas monodosis y alejarlo de todo sentimentalismo. William, sí… Ese es mi nombre.

Y me olvidé del mundo, dejando que sólo existiesen ella y mis pensamientos. Adiós al grupo de chicas, ese a cuya reina habría coronado en mi cama. Adiós a todos los demás, a sus risas y llantos, a sus bailes alejados de todo ritmo alentador, a sus conversaciones banales y cargadas de intención. Adiós a la música, a las copas tintineantes en las bandejas de los camareros, adiós a sus rostros salpicados por el acné. Adiós, porque sólo existía ella: Spencer Braverman.

Incluso adiós a Kat, mi Kat, mi adorable hermana, aunque la conversación girase ahora en torno a ella. Y hola a su voz, a sus ojos azules, a su cuerpo delgado, a sus manos huesudas, a su pelo negro y ondulado, y a sus uñas de colores. Pero su nombre sonaba extraño hasta en mis pensamientos, y, ¿por qué deseaba besar esos labios de los que sólo escapaban palabras que yo no puedo sino despreciar? ¿Por qué, por qué, por qué? ¡Ella no es para mí, no es para nadie! ¿Quién podría soportarla?, ¿quién tendría tanta, tantísima paciencia como para soportarla? Y, ante todo, ¿por qué me resultaba adorable? No, no, no, ¡no! No podían ser más que efectos del alcohol: me hacía verla como si fuese otra, atractiva y deseable. Cuando despertara, a la mañana siguiente, me sentiría mejor. Y seguiría odiando a Spencer Fiona Braverman.

-Muérete ahora mismo si es lo que quieres, ¿crees que me importa? Serás una pérdida, sí, más triste que las de otros inútiles que pueblan este mundo, pero nada más. El mundo no gira entorno a ti y tu empeño por parecer diferente, estúpida –dije, fulminándola con la mirada, y quizá mis palabras fuesen demasiados crueles, pero ya no podía parar-. ¿Por qué coño hablas conmigo? ¡Porque es lo que quieres!, ¿no te das cuenta? ¡El corazón te va mil, se acelera si yo estoy cerca! ¿O no? ¿Eres capaz de mentirme, Braverman?

Pero lo dije, pese a todo y a mi manera, lo dije. Y lo pensaba, lo pensaba, tenía que pensarlo, porque yo no suelo mentir. Sí, manipulo la verdad, hago que parezca diferente para los oídos que mis palabras escuchan, pero, ¿no es acaso su culpa si son tan, tan fáciles de manipular? Pero esa sonrisa, estúpida y extraña, seguía en mis labios. ¡Oh, dios, cuánto la odiaba, y cuánto la deseaba a la vez! Sin apenas darme cuenta, quizá movido por ese extraño valor de idiota que el alcohol suele dar aturdiéndote en cada intento de recobrar la cordura, avancé hacia ella. Era apenas un paso, sí, pero podía sentir el calor que su cuerpo emanaba, y escuchar su respiración…

-Spence… -dije, con la voz entrecortada.
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Re: Como pez fuera del agua {Privado}

Mensaje por Spencer F. Braverman el Sáb Sep 03, 2011 10:30 am

No terminaba de comprender por qué seguía allí parada, escuchando las palabras de William y odiándolo de una manera tan intensa que comenzaba a hacerse palpable. El rubio había pasado de ser objeto de su adoración a ser una de las pocas personas a las que Spencer odiaba y prefería tener lejos. Sin embargo, había algo que seguía empujándola a discutir con él, como si sus gritos y peleas fuera la única manera en la que ambos iban a lograr comunicarse. Cuando era pequeña, si un niño le tiraba de las trenzas en el patio, todos se afanaban en asegurar que el único motivo era que quería ser su novio o que le gustaba. Cuando tienes más de dieciocho años y los tirones de trenza se sustituyen por palabras hirientes y malas miradas, el significado no es el mismo. Ella, la que prefería sonreírle a todo el mundo, se sorprendía a sí misma cada vez que su camino se encontraba con el del primogénito de los Homes. Katrina era de las únicas personas en el mundo que sabían de aquella extraña atracción hacia el rubio y su amiga había hecho más de un intento, infructuoso, de sacarlo de su cabeza.

Cuando William aseguró que toda aquella tropa de seguidores no eran más que débiles seres humanos que necesitaban alguien que marcara la pauta a seguir supo que el chico dependía de ellos mucho más de lo que admitiría. No negaba que alguno de ellos fueran buenos amigos y pudiera confiar en ellos, pero Spencer siempre había visto, desde la distancia, como muchos le trataban como si no fuera más que una celebridad a la que todos aseguraban conocer para conseguir cierto reconocimiento.

-Prefiero tener un par de buenos amigos a un séquito de personas que ni siquiera saben qué me preocupa, qué me gusta, qué odio, cuándo estoy triste, cuándo contenta, cuándo necesito estar sola o acompañada. –su tono de voz ahora sonaba suave y tranquilo en comparación al tono del muchacho-. Puede que tú necesites admiración y un cuerpo cálido en tu cama cada noche. Pero, efectivamente, nunca será el mío. Tú lo sabes y yo lo sé. No es un secreto.

El chico se había acercado un paso más en su dirección, pero la distancia todavía no la intimidaba. No todavía. Sus grandes ojos azules dejaban entrever una valentía que ella no creía poseer. Se sentía mucho más frágil de lo que cualquiera podría pensar. Aquella mirada de color celeste que se había fijado en ella conseguía nublar su juicio, aunque su mente rápida y su lengua aun más veloz no la habían traicionado hasta aquel momento. Si él creía que ella le tenía miedo o algún tipo de respeto, eso le daría más fuerza y valor en todos aquellos enfrentamientos verbales.

Seguramente toda aquella discusión estuviera pasando desapercibida para el resto de personas que seguían sumidas en su propia celebración. La homenajeada no echaría de menos la presencia del rubio porque sería el centro de atención de cualquiera y a ella nadie parecía tenerla en cuenta nunca. De todas maneras, la situación era, sobre todo tensa y las siguientes palabras que salieron de los labios de su acompañante no ayudaron a relajar el ambiente. Las risas y la música sonaban amortiguadas, como si el resto del mundo estuviera lejos, a una gran distancia y ellos, sus palabras hirientes y sus miradas enfrentadas fueran los únicos en aquel exclusivo local nocturno. Dejó de escuchar nada más cuando él escupió aquella palabra: “estúpida”. La jovencita pestañeó un par de veces, presa del asombro, sintiendo como si aquellas cuatro sílabas la hubieran golpeado como una bofetada. No iba a soportar que nadie la llamara estúpida, ni siquiera él.

William se acercó un paso más, como si esperase alguna respuesta de su parte, respuesta que no llegó. Ella retrocedió al mismo tiempo, pero se había olvidado de los altos tacones y de que, aunque no lo pareciese no estaban solos. Se tropezó con sus propios pies, trastabilló y se habría caído de no ser porque su espalda chocó contra un grupo de chicos que había tras ella. Sorprendida y algo asustada por sentirse tan desorientada se volvió murmurando una torpe disculpa. Sus mejillas se encendieron visiblemente, adoptando aquel tono que su madre definía como “adorable”, aunque a ella le parecía mucho más que vergonzoso. Ahora sí, la cercanía del rubio había conseguido ponerla nerviosa; en parte porque aquel insulto había encendido algo en su cabecita de cabellos enmarañados y, en parte, porque no dejaba de ser él: William Holmes, aquel con el que llevaba más tiempo fantaseando de lo que cualquier persona consideraría normal.

“¡No dejes que se acerque más!” En su cerebro saltó la alarma y ella buscaba una vía de escape. Sus ojos rehuían ahora los del muchacho porque no quería que viera que, efectivamente, también ejercía sobre ella el mismo poder que ejercía sobre las demás. No quería que él se diera cuenta de que no era tan distinta en ese aspecto. No quería que su mirada delatase mucho más de lo que sus movimientos torpes y nerviosos acababan de revelar. Escuchó como el rubio pronunciaba su nombre y ni siquiera en ese instante dirigió su mirada hacia él. De pronto, toda aquella seguridad había decidido abandonarla y estaba segura de que parecería un cachorrito perdido y abandonado. Intentó recuperar la compostura y, valiéndose de toda su fuerza interior, recuperó una postura más o menos digna y se atrevió a mirarle.

-Yo… Creo… Yo… Tengo que irme. –aquellas fueron las palabras que pudo pronunciar en un alarde de originalidad y en un leve murmullo.

No, no iba a dejar que siguiera tratándola así. Era una idiota y aquella era la palabra que resonaba una y otra vez en su cabeza. Se abría paso como podía, empujando a la gente que se interponía en su camino y se dio cuenta de que huir rápido con aquellos tacones era una misión más que imposible. “Que no me siga.” Esa era la frase que no paraba de repetirse en su mente, aunque en su fuero interno deseaba que sí lo hiciera. Sí, definitivamente, era una estúpida, aunque él no tuviera ningún derecho a decírselo.



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Re: Como pez fuera del agua {Privado}

Mensaje por William R. Holmes el Dom Sep 04, 2011 3:35 am

Se me había ido la olla, sí, estaba completamente seguro. No había dormido bien la noche anterior, alguien había adulterado mi bebida, o, quizá, simplemente estaba sobreexcitado. Tantas luces, tantas risas, tantas voces diferentes danzando en el mismo inhóspito lugar acababan por volver a cualquier loco. O, al menos, a mí sí. Porque, de no ser así, ¿por qué había decidido que hablar con Spencer Braverman sería una buena manera de perder el tiempo? ¡Durante años no le había dirigido nada más que alguna sonrisa al cruzármela en algún pasillo, o al verla junto a Kat! ¿Por qué si, durante años tantos años había tenido miedo hasta de dirigirme un “hola”, ahora de sus labios no salían más que palabras, palabras hirientes, palabras y más palabras? No, no, quizá fuera ella la que estaba loca. Quizá sólo fuese ella, sí, y no yo.

Pero, aunque lo negase ante cualquiera, no podía negármelo a mí… ni a ella, si tuviera el valor de escucharme. Si había decidido que sería divertido atormentarla, asustarla, herirla con mis palabras, seguramente aquello tenía una explicación. Sí, una explicación… Porque podría estar hablando con cualquiera ahora mismo, en este o en otro lugar, y estaba parado como una estatua ante ella, mirándola, como si su cuerpo fuese un imán para mis fríos ojos azules hecho de acero, y su voz… No, no podía ser, no podía soportar estar ante ella, no podía soportar desear mirarla, mirarla sin remedio, y desearla de tal manera que me doliese. No. A ella no, ella era diferente… y yo también.

Sus palabras resonaron en mi cabeza como si de martillazos sobre un yunque se trataran, y me sentí dolido, dolido de verdad. Jamás pensé que nadie que no fuera mi padre podría hacerme daño con unas simples palabras, o Kat quizá, pero ella lo había logrado con gran habilidad. Deseé besarla, pegarle, gritarle y desaparecer al mismo tiempo, y no sabía qué hacer, porque tenía razón. Por primera vez, asumí que tenía razón, que sus palabras, aunque hirientes, eran ciertas, y que estaba más sólo que muchos en este mundo. Ni siquiera yo podía jactarme de ser siempre imprescindible.

-Sabes que tienes razón –dije, tragando saliva con pesadez-. Pero las cosas son como son. Ellos quieren seguirme, y yo… Por Dios, Spence, sabes perfectamente cómo son los demás, esperando a que metas la pata para poder reírse de ti… Pero no me importan, no me importan en absoluto y lo sabes, porque, aunque quieras negarlo, me conoces demasiado –dije con un suspiro-. Necesito admiración, pero no a ellos. No los necesito, ni me importan lo más mínimo. A veces, ni siquiera recuerdo el nombre de con quien estoy hablando –dije, encogiéndome de hombros-. Pero hay gente que me importa, sí. Robyn, May… Lo sabes. No soy un maldito robot… Ni tú –dije sin poder evitar mirarla fijamente-. Algún día, ese cuerpo será el tuyo. Y lo sabes.

La escasa distancia entre su cuerpo y el mío me turbaba. Sabía que no debía avanzar, pero lo deseaba, a la vez que ansiaba fervientemente no hacerlo. ¿Por qué no podía dejarme llevar, besarla, hacer que ella quisiera quedarse conmigo?, ¿por qué no tenía que dejarme ir, aunque fuese lo que más deseaba en ese momento, pese a que todos mis impulsos racionales me indicasen que aquella era una verdadera locura? Aquella extraña sensación que se apoderaba de mí cuando ella estaba tan, tan cerca me confundía y aturdía, me hacía sentir torpe y extraño, como si mi cuerpo y mis propios pensamientos no me pertenecieran, como si fuese un chaval de trece años con la cara llena de espinillas y excesivamente hormonado que no puede evitar sonrojarse y tartamudear cuando hablaba con la chica que le gustaba, pero… ¿acaso Spencer Braverman me interesaba, a mí? No. No era posible, no podía ser.

Al día siguiente, algunos me preguntarían dónde había estado. Otros jurarían que me habían visto en aquella fiesta, que no había dejado de hablar con esa chica tan extraña, la pequeña de los Braverman… Pero nadie sabría con certeza lo que había pasado por mi cabeza aquella noche. Ni siquiera ella, ella, ella, la omnipresente Spence. No, ni ella, porque ni yo entendía mis propias cavilaciones, y aunque deseara comprenderlas, a la vez tenía miedo, pánico quizá, de que la idea que se estaba formando en mi cabeza fuese cierta, y ella… No, ella no, entre todas las mujeres, ¿por qué ella? No, sólo deseaba verla llorar, sufrir… y que después viniese a mí, me abrazara. Pero eso era imposible, cruel y mezquino, peligroso. Como… ¿yo?, ¿acaso yo me había convertido en un monstruo, en un ser cruel que adoraba dejar un reguero de corazones rotos a su paso? No, no el suyo. No su corazón.

Deseaba acercarme más a ella, tocarla, besarla. Deseaba reunir las fuerzas para hacerlo, aunque en mi cerebro se repitiese la misma negativa. No, ella no. No ella. Cualquier otra, sí, ¡cualquier otra! ¡Esa chica, la que está a su lado, o la de rojo quizá, pero no Spencer Braverman! Ella está prohibida, ella es diferente, ella no te conviene. Ella sólo… sólo le partirás el corazón, y no puedes romper sus sueños. No los de ella.

Pero, aunque fuesen mis propios pensamientos los que bramaran que no debía, que ella no era para mí, no podía dejar de desearla desesperadamente. La necesitaba. Un nudo se formó en mi garganta, y me costaba respirar, y sabía que nunca se me había acelerado tanto el pulso, pero la necesitaba. Y eso fue lo que más me confundió, y sus ojos de un azul imposible sobre los míos, como si de un duelo de hielo se tratara. Y su nombre, su nombre escapando fugazmente de mis labios, seguido por un suspiro.

-No… -musité, con voz ronca. Se iba, se iba, se iba.

Apenas pude reaccionar cuando la vi tratando de escapar en ese mar de gente, gente divertida, gente poco original, gente banal y carente de importancia para mí. Todos ellos… todos eran iguales, no alcanzaban a comprender lo que estaba pasando, la magnitud de las emociones que Spencer había despertado en mí. Y, cuando fui capaz de moverme, ella parecía ahogarse en un océano, tan lejos de la orilla… Y mis pies se movieron, la siguieron, mientras mis ojos oteaban con furia el horizonte, buscándola. Cuando por fin volví a verla, ella ya estaba en la salida, y cuando conseguí llegar a su altura, con el aliento acelerado, escapaba ya del local. La miré, la miré sin poder disimular mi mirada, y la agarré del brazo, en un ademán suave, casi tierno.

-Lo siento. Soy un imbécil, eso ya lo sabías –dije, con voz ronca-. Te juro que no volveré a molestarte, pero… ¿Eso es lo que quieres?

¿Por qué?, ¿cómo había reunido el valor para hacerle aquella insolente pregunta? No soy más que otro estúpido más…
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Re: Como pez fuera del agua {Privado}

Mensaje por Spencer F. Braverman el Dom Sep 04, 2011 9:10 pm

Ahora le gustaría retroceder unos años en el tiempo, cuando no era más que una niña tonta e impresionable que perseguía al rubio inalcanzable por los pasillos del instituto, soñando con que él se fijara en ella algún día. Sí, quería volver atrás para aconsejar a la adolescente Spencer que aquello no era lo más recomendable, a no ser que lo que buscara fuera una guerra encarnizada que ni siquiera sabía cuándo había comenzado. Seguramente, la primera vez que hablaron –y la primera que discutieron- fueron los celos los que comenzaron la conversación; le había visto con otra que, obviamente, no era ella. Le veía utilizar a las chicas una y otra vez y nunca era ella, parecía casi invisible a sus ojos y eso sacaba de quicio a sus hormonas adolescentes que se negaban a obedecer las órdenes de una cabeza bien amueblada. No, cuando se trataba de él ella no parecía atender a razones. Spencer, la que no discutía con nadie, la que tenía sonrisas para todos, la dulce, la cariñosa, la divertida… Perdía los nervios cuando él estaba cerca y le hablaba con aquel tono frío y cortante. Sí, igual había sido su culpa, pero ninguno de los dos se había ofrecido a terminar con aquella batalla ofreciendo la rendición. Ella no iba a hacerlo, aunque quisiera, porque no tenía intención de humillarse ante él como lo hacía el resto del mundo, por lo que vaticinaba una guerra sin fin.

Él tenía elección, no como ella. Él tenía allí a un millón de amigos y gente que deseaba pasar el rato en su compañía. Ella, por su parte, apenas conocía aun par de personas y no tenía la más mínima intención de acercarse para charlar porque en más de una ocasión había salido escaldada de situaciones parecidas. Su mirada le había buscado de manera inconsciente al entrar a la discoteca y aquel había sido el resultado. Cuando sus amigas le preguntaran por la fiesta al día siguiente ella tendría que confesar que se había pasado el rato discutiendo con el hermano mayor de una de sus mejores amigas ¡Un planazo!

Una sensación de orgullo la invadió cuando el chico reconoció que tenía razón, que no se equivocaba. Aquello no pasaba a menudo, así que decidió disfrutar de ello durante los pocos segundos que aquella situación iba a durar. Esbozó una sonrisita diminuta. Por supuesto que le conocía. Por supuesto que sabía que no era un ser sin escrúpulos aunque lo pareciera la mayor parte del tiempo. Le había visto en compañía de May y Kat y había comprobado como se comportaba con ellas, lo que distaba enormemente de cómo se comportaba con ella; tal vez porque Spencer no era una más dispuesta a seguirle a cualquier parte y a hacer cualquier cosa por conseguir su atención. Al principio sí, habría hecho casi cualquier cosa por una mirada, una sonrisa o un par de palabras; pero ya no. Ya no.

-Mi cuerpo será el que caliente tu cama el día que el infierno se congele. Ni un segundo antes ni un segundo después. –sentenció ella con gran convicción, o eso pretendió.

Llevaba demasiado tiempo ocultando cualquier tipo de sentimiento hacia él que no fuera el mayor de los odios y aquello era algo que no pensaba cambiar en un futuro, cercano ni lejano. Spencer presumía de ser sincera y honesta con el mundo, aunque nunca lo había sido con él. Una cosa era no mentir y otra muy distinta era confesarle a William que no le odiaba tanto, o tal vez sí le odiaba, pero también se sentía atraída hacia él. La distancia que los separaba era escasa y Spencer parecía no poder moverse y no lo hizo hasta que él volvió a avanzar en su dirección, momento en el que su cerebro volvió a tomar control total de su cuerpo y tras murmurar unas torpes palabras comenzó a alejarse con pasos más torpes. No fueron pocos los que se quejaron cuando recibieron algún empujón por su parte, pero ella no se detuvo a disculparse. No iba a quedarse allí dejando que él continuara despreciándola, por mucho que fuera a lo que ambos estaban acostumbrados. El hecho de que William hubiera llegado a suponer que había algo más que odio tras todas aquellas discusiones había hecho que la alarma que siempre sonara en su cabeza adquiriese un volumen ensordecedor.

Llegó al guardarropa para recoger su bolso y no tuvo que esperar demasiado, ya que parecía ser la única que iba a abandonar la fiesta tan pronto; es más, todavía había personas que se incorporaban en aquel momento a la celebración. Se colgó aquel bolso gigantesco del hombro y se dirigió a la salida. Estaba deseando poder sentarse en un banco, quitarse los zapatos y ponerse sus adoradas converse rosas con las que se sentiría muchísimo más cómoda, además de quitarse todas las horquillas que recogían su oscuro cabello de modo informal. Abrió la puerta y sintió la brisa nocturna acariciando su rostro cuando le escuchó de nuevo y sintió como agarraba su brazo con suavidad. Sintió una especie de descarga eléctrica lo que hizo que se soltara, aunque no de manera brusca, como había hecho al comienzo de la noche. Sus ojos azules le miraron y dejó la puerta que se cerrara, volviendo a encerrarla en aquel oscuro y ruidoso lugar. Escuchó su pregunta y sopesó sus palabras.

-Sí, ya sabía que eras un imbécil y un capullo, no es ninguna novedad. –murmuró ella, aunque agachó la cabeza ligeramente ocultando una ligera sonrisa que luchaba por asomarse a sus labios. Volvió a dirigir su mirada hacia él al escuchar aquella pregunta y ni siquiera supo lo que iba a responder hasta que lo hizo-. Supongo que si pudiera elegir elegiría que no me molestaras; pero en eso se basa nuestra relación ¿no? Tú me molestas, yo te molesto. Tú me gritas, yo te grito. –encogió los hombros ligeramente.

Llevaban años así y ella ya se había acostumbrado. Algo más sincero hubiera sido admitir que no quería que dejara de molestarla porque eso significaba que él la veía, que existía para él, aunque fuera algo demasiado estúpido y que no admitiría ante nadie.



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Re: Como pez fuera del agua {Privado}

Mensaje por William R. Holmes el Mar Sep 06, 2011 7:58 am

¿Cuándo había empezado este juego?, ¿cuándo había pasado Spencer de ser una chica invisible, una sombra en el sofá del salón sentada junto a Kat, a ser alguien que podía enfrentarse a mí y hacer que se me encogiese el corazón?, ¿cuándo había despertado en mí aquel indomable e incombustible deseo? Si me esforzaba lo bastante, podía verme a mí mismo, verme como me veían los demás. Y la veía a ella, siempre a ella, escondida detrás de una columna en el hall del instituto, o resguardándose tras la puerta de su taquilla, como si ésta fuese un escudo anti-balas. Esa muchacha flaca, con el pelo negro enmarañado y los ojos azules, azules como el cielo claro y sin nubes en un día de verano… Apenas sabía su nombre, apenas le había dirigido alguna sonrisa al pasar junto a ella en un pasillo o verla con mi hermana, apenas la conocía… No, mi yo de dos o tres años atrás había estado demasiado ocupado preocupándose por su imagen, por subir en el censo invisible de la popularidad en aquel mundo de locos, por añadir una muesca más al cabecero de su cama. Quizás entonces había empezado mi estúpida costumbre de no implicarme emocionalmente con ninguna de esas chicas que parecían sucederse en un desfile continuo cuya sede era mi habitación, o puede que realmente yo estuviese desprovisto de todo sentimiento. Entonces, ¿tenía ella razón?, ¿era yo de verdad ese ser frío e insensible que él describía?

Esa noche podría haber sido una más, especial para otro cualquiera que no fuese yo, cargada de alcohol, sexo y rock’n’roll –o un sucedáneo llamado música popular. Podría haber conocido a una chica, una chica virgen y bonita, que despertara algo de dulzura en mí, o quizás a alguna más que hábil en la cama, que me hiciera estremecer. Podría haber reído, fumado, tomado pastillas y bailado. Podría, incluso, ¡haberme enamorado!, aunque esa posibilidad fuese más que remota… Y, sin embargo, la había elegido a ella. A ella, a ella, a ella. ¡Qué fácil habría sido ignorarla, darme la vuelta y fingir que ella no existía, que no estaba en esa sala llenándola con ese extraño resplandor que sólo ella despedía, y qué imposible me pareció nada más verla…!

Y, por eso, ahora ya no podía escapar. Lo había intentado, sí, Dios en su remota inexistencia sabe que lo había intentado. Hice acopio de fuerzas, fijé la vista en un nuevo objetivo mucho más banal y me dispuse a alejarme, paso a paso, de ella. Pero Spence… Ella parecía atraerme como la luz fluorescente a un insecto que sabe que si continúa volando morirá carbonizado, pero no puede frenar el batir de sus alas. Y ese estúpido mosquito era yo. Sabía que era una pérdida de tiempo hablar con ella, pero obtenía un extraño placer macabro al hacerlo. No es que deseara verla dolida, pero era la única manera que teníamos de comunicarnos, y era más que nada. Y, por eso quizá, yo perdía el tiempo discutiendo con ella, aunque deseara hacer algo mucho más productivo y profundo (nunca mejor dicho) con ella. Había notado que, últimamente, al hablar con Spence se me aceleraba el corazón, y el deseo que sentía por ella era distinto, diferente, como si, después de todo, no quisiera dejarla ir. Aquella sensación desconocida me asustaba, y quizás era ese miedo el que me había impulsado a ir a por ella nada más verla esta noche, a castigarla por ser quien era… por no ser mía, por no querer serlo nunca. Aunque supiera que, en el fondo, ella no era para mí. No podía serlo.

-Negarlo no te va a servir de nada, Spence –dije resuelto, llamándola por su nombre por una vez. Aunque yo creyera que era imposible, que ella nunca iba a aceptar que podría desearme. Entendía que no lo hiciera, ni yo estaba seguro de desearla a ella, pero había que me impulsaba a seguir hablando, a intentarlo a la desesperada-. En el fondo, y digas lo que digas… sabes que acabarás por aceptar que podrías ser mía. Mía de verdad, no como las demás: mía, y yo tuyo.

¿Era el alcohol el que me había hecho decir semejante locura? ¿Acaso de verdad la pensaba? Parpadeé, tratando de recuperar el dominio de mi propia mente, pero ésta parecía no pertenecerme, y mis pensamientos tenían su propio desenlace, ajeno a mis designios. La deseaba: había quedado de manifiesto, hasta ella podía saberlo ahora si se decidía a creerme. Porque… Porque, aunque me lo negase a mí mismo, aunque se lo fuera a negar al mundo una y otra vez, tenía la certeza de que, si todavía me quedaba un atisbo de honestidad, no había mentido al decir que ella podría ser mía… y yo suyo. Porque, en el fondo, y aunque jamás fuera a admitirlo, la deseaba más de lo que había deseado nunca a nadie, y de una manera diferente, de una manera que me daba más que miedo. No, no estaba enamorado de ella, ¿cómo podría?, pero el deseo me consumía, me hacía esclavo de su voz, y necesitaba oírla, oírla aunque fuese para escuchar cómo me insultaba y despreciaba. Y quizás a ella le pasase lo mismo…

Cuando ella se fue, cuando se alejó de mí, entendí que no quería que eso pasase por nada del mundo, y yo mismo lo estaba provocando. Me sentí como si me faltara algo, ¿el aire, quizá?, y supe que la necesitaba, la necesitaba desesperadamente aunque ni yo mismo comprendiera por qué. ¿Por qué a ella, tan diferente a las demás, un patito gris que no sabe que puede convertirse en un cisne? ¿Por qué ella, por qué a mí? Y, aunque no alcanzaba a comprenderlo, mis pies se movieron, buscándola, sin seguir ninguna orden lógica de mi cerebro. Simplemente, mi cuerpo respondió, respondió buscándola con desesperación, buscándola porque la necesitaba. Y la alcancé, la alcancé, y la agarré del brazo, devolviéndola a mi mundo, a ese mundo del que ella trataba desesperadamente de huir.

-Tú lo sabes mejor que nadie, Spence… Soy un gilipollas, un capullo, un mamón de primera –murmuré con voz queda-. Lo sabes, lo has sabido desde que yo llegué aquí, desde que tú eras una niña y yo un adolescente demasiado hormonado que sólo quería bajarle las bragas a todas las chicas guapas de la ciudad… Y me vas a decir que no he cambiado, que sigo siendo igual… y puede que tengas razón, tú siempre acabas por tenerla. Pero no me gusta hacerte daño. No a ti –dije, mirándola, y una sonrisa extraña fue a parar a mis labios. La agarré del brazo, guiándola de vuelta a la calle, y boqueé buscando el aire fresco de la noche. Lejos del humo, del ruido, de las decenas de personas estúpidas que sólo querían ver cómo William Holmes se desmoronaba. Sólo ella, yo y la noche en Nueva York-. Formas parte de mi vida. Una parte extraña, pero no quiero que estés lejos. Aunque… Dejaré de molestarte, para siempre. No tiene ningún sentido hacerlo.
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Re: Como pez fuera del agua {Privado}

Mensaje por Spencer F. Braverman el Mar Sep 06, 2011 8:50 am

Spencer no acostumbraba a salir sola y mucho menos si el plan consistía en asistir a alguna de aquellas fiestas en las que no conocía a nadie o, si lo hacía, nunca eran de su agrado, como en aquel momento. Aunque ¿A quién pretendía engañar? William era de su agrado, a pesar de resultar insoportable la mayor parte del tiempo. Él ejercía un extraño magnetismo sobre cualquier muchacha incauta que osara mirarle por un par de segundos y ella nunca había sido diferente, incluso aunque luchara por ello. Spencer la rara. Spencer la risueña. Spencer la divertida. Spencer la que tenía una sonrisa para todo el mundo. Spencer la que no se enamoraba. Spencer la que no se fijaba en los chicos. Spencer la que sufría cada vez que le veía con otra. Spencer la que no podía evitar que su mente ideara diferentes historias de las que él acostumbraba a ser el protagonista aunque ella no quisiera. La morena era mucho más que aquella sonrisa permanente que siempre estaba dibujado en sus rosados labios. Spencer sufría y lloraba. Se sentía herida y avergonzada. Tenía miedo y, a la vez, sacaba el valor suficiente para gritarle a aquel joven de cabellos rubios que estaba parado frente a ella. No podían ser más diferentes. Él, el chico exitoso que se las llevaba a todas de calle. Ella, la chica alegre, amiga de todos y enemiga de uno.

Cada vez que se encontraba en presencia de William, su cerebro mandaba señales al resto de su cuerpo que éste siempre desobedecía. Sus piernas nunca parecían dispuestas a escapar y sus labios no dejaban de lanzar mordaces réplicas a cada uno de los comentarios del rubio. Su cerebro ordenaba y su cuerpo no obedecía, como la adolescente que había dejado de ser apenas unos meses atrás. Sus hormonas siempre se habían mantenido bajo control, pero no cuando Will estaba con ella, a pesar de que sus insultos pudieran esconder cualquier otro tipo de sentimiento. En parte creía que discutía con él porque se sentía furiosa con ella misma y no creía que gritarle a su propio reflejo en el espejo fuera demasiado sano.

Escuchar su nombre de labios de William era algo que no sucedía a menudo y siempre la pillaba desprevenida. Lo mismo que sus siguientes palabras. No tenía ninguna réplica mordaz, no tenía nada que decirle porque no sabía cómo reaccionar. Probablemente aquel era uno más de sus intentos para dejarla sin habla, para ponerla nerviosa y, sí, lo había conseguido. Ella, para ocultar la falta de palabras, resopló pesadamente y sacudió su cabeza en un claro gesto de negación, como si después de aquello no hubiera nada más que decir.

Después de aquello creía que la huida había sido perfecta. Podría llamar al chofer de su padre o parar un taxi que la llevara a casa. Se tumbaría en su cama y, si no tenía sueño, dibujaría hasta el amanecer o leería un buen libro que eliminara de su mente cualquier tipo de recuerdo sobre aquella inusual conversación entre ellos. Estaba acariciando la dulce libertad cuando él la había alcanzado. Ahora sí, no pudo esconder la diminuta sonrisa que iba aflorando en sus labios a medida que escuchaba las palabras de William. Seguramente aquella sería otra de sus estrategias para que ella bajara la guardia y su sonrisita no dejaba lugar a dudas de que podría conseguirlo. Su mirada del color del mar había rehuido la del muchacho y alzó sus ojos hacia él después de aquel “No a ti”. Agradeció la oscuridad de aquel lugar iluminado pobremente porque no podría haber escondido el ligero rubor que estaba cubriendo sus mejillas. Era una tonta y lo sabía. Era absolutamente idiota y se estaba dando cuenta de ello. Era como si hubiera salido de su cuerpo y estuviera viendo la escena desde fuera; una niña inocente que se estaba dejando embaucar por alguien que no la convenía.

No le dio tiempo a decir nada porque el chico volvió a tomarla del brazo y, ahora sí, salieron a la noche neoyorkina. Junto a la puerta eran muchos los que intentaban colarse en aquella fiesta privada, sin saber que tampoco era tan genial como ellos suponían. Otros llegaban en sus caros coches, haciéndose desear como si de estrellas de cine se trataran. Sonrió suavemente al sentir la brisa nocturna acariciar su rostro y dejó que el rubio marcara la dirección de sus pasos. Todavía podían escucharse las voces de la gente que esperaba a la puerta de la discoteca, pero sonaban algo distorsionadas por la distancia que los separaba del lugar. Ella no sabía qué decir, pero fue William el que rompió el silencio.

-Tú tampoco eres la parte más normal de mi vida, y eso es mucho decir. –comentó ella, dejando entrever cierto tono divertido, como si de esa manera quisiera restarle tensión a aquel momento-. No sé si sabré qué hacer si dejas de molestarme. Será raro no gritarte cada vez que nos encontremos.

Vio un banco a un lado de la acera y le presionó suavemente el brazo para que la esperase. Si iban a seguir andando no iba a hacerlo sobre diez centímetros de inestables tacones de aguja. Abrió aquel gigantesco bolso y sacó un par de converse rosa fucsia que ella misma había decorado en compañía de la rubia hermana de William. En la goma de la puntera de la zapatilla derecha podía leerse “Kat” en medio de un montón de corazoncitos, mientras que en la izquierda ella había escrito “Spence” y lo había decorado con pequeñas estrellas. Después de atarse los cordones guardó los zapatos y se puso de pie, observando la diferencia de altura natural entre William y ella.

-No soporto eso de llevar zapatos de tacón y absurdos y elegantes vestidos. He venido porque mi madre me ha obligado. –confesó, haciendo tiempo mientras su cabeza buscaba algo mejor que decir-. Aunque supongo que no ha sido una mala idea hacerle caso por una vez ¿no? –preguntó, alzando la mirada en su dirección-. Has admitido que no volverás a molestarme, aunque no sé si mañana, cuando el alcohol haya abandonado tu sistema, seguirás pensando lo mismo.



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Re: Como pez fuera del agua {Privado}

Mensaje por William R. Holmes el Mar Sep 13, 2011 6:37 am

Me gustan las fiestas, siempre me han gustado. Son una buena manera de escapar, de evadirse de todo, de perder la cabeza durante unas horas y dejar de vivir tu vida… pero no de ser tú mismo, no. Me gustan las fiestas. Me gusta el sonido de las copas tintineando, el olor a humo y alcohol, la niebla brumosa sobre mis pensamientos, y el tacto del encaje bajo mis dedos… Hablar, reír, sentir que todas las miradas están posadas sobre mí, beber de esa atención, conocer a una chica, y a otra, y a otra… Pero ahí estaba. Podría estar riendo, bailando, resultando tan encantador y apuesto como siempre. Como siempre… Pero no. No, no, no. Era Spencer la que ocupaba todos mis pensamientos, era suyo el resto frente al mío, eran sus labios los que deseaba besar, era a ella a quien quería estrecha entre mis brazos… La deseaba. La deseaba, y ahora ya, ¿cómo podía negármelo? No, no. Era ella… Y, aunque no entendía qué hacía con ella, mirándola, deseándolo con desesperación, no podía evitarlo. Y, lo más importante… ¿quería?, ¿realmente la odiaba tanto como para no darle una oportunidad a mis impulsos, a esos que bramaban que ella no era tan mala, que ella, al fin y al cabo, siempre había estado allí? Y, otra vez, me sentí confundido e impotente. Ojalá todo fuera más fácil…

Habría sido demasiado fácil escapar, poner cualquier excusa, huir y no volver a verla jamás. Volver a Londres, a sus calles húmedas a las seis de la tarde, al anochecer incierto en el húmedo cuello de alguna mujer. Y no volver a verla, no, ni a ella ni a sus ojos azules, azules imposibles, como una enorme piscina en la que ahogarse… La cabeza me daba vueltas y, en aquel momento, dudé incluso de si era el efecto del alcohol o el de su sonrisa… Sacudí la cabeza, como si eso pudiera borrar la extraña idea que, poco a poco, parecía intentar adueñarse de mis pensamientos. Tragué saliva, pero mi garganta parecía haberse cerrado. Y sólo estaba ella, con su cautivador aroma, con su pelo negro, como el azabache…

¿Por qué había dicho su nombre, por qué? Siempre me había permitido la fría cortesía de dirigirme a ella pro su apellido, algo mucho más correcto y menos comprometido, o, si la llamaba por su nombre, este estaba tintado de crudo desprecio. Pero, ahora… Ahora, aquel nombre que antaño había despreciado y calumniado, sonaba dulce, tentador, con la manera de llamar a una extraña flor. Cerré los ojos, deseé desaparecer de ahí, y, por alguna razón, en esas quimeras ella venía conmigo, como si estar a mi lado fuese su sitio, como si de verdad aquello pudiera pasar…

Y no podría ser, jamás.

Y ella escapó, huyó de mí como Caperucita de las fauces abiertas de un lobo, como si mi voz fuesen sus afilados colmillos y mi aliento, en vez de oler a vodka y whisky, fuese el hediondo de la sangre y las vísceras pudriéndose en las entrañas… La seguí, la seguía como quien persigue el sueño, quizás ella era el mío. No podía, no quería dejarla escapar, esta noche no. La necesitaba, la necesitaba aunque fuese para decirle que yo jamás sería suyo, que ella nunca sería mía. La necesitaba… ¿De qué había huido, de mis palabras? ¡No!, ¡le había dicho que podría ser mía, mía de verdad, y yo suyo y de nadie más! ¿No es eso lo que todos deseamos, poder decir que poseemos a una persona, que es nuestra y su corazón, su cuerpo y su alma nos pertenecen? Un rubor encendió mis mejillas mientras me guiaba por aquel mar de rostros conocidos y zapatos de tacón, buscándola con desesperación. Ojalá su corazón, su cuerpo y su alma fuesen míos... Deseé que ella lo entendiese, que no tuviera miedo… Y sólo me sentí dolido, dolido, como si algo de repente hubiese abandonado mi cuerpo. Tenía que encontrarla, que salvarla de sus propias ideas, y hacerla mía, mía, mía de verdad…

Y la tenía. El aire fresco y envolvente de la oscura y siempre iluminada noche neoyorkina pareció envolvernos en su abrazo, y yo la tenía a ella. La gente iba, venía, y la acera junto a la entrada del exclusivo club era un hervidero de gente que trataba de entrar. Incluso me pareció escuchar mi nombre en boca de alguien, alguien que me llamaba, pero yo sólo la vería. Cuando mañana en la sección de Sociedad del New York Times hablaran de la exclusiva y archi-genial fiesta de la noche anterior, no hablarían de cómo me atreví a hablar, de cómo al sujeté del brazo ni de lo que mis ojos decían cuando yo la miraba. No hablarían del repiqueteo de mi corazón contra mi pecho, ni de la sequedad de mi garganta. Probablemente, nadie recordaría que pasé la noche con ella, que ni siquiera conseguí que se bajara las bragas para mí. Las chicas lo olvidarían, dolidas por mi manera de ignorarlas a todas y cada una de ellas… Y ellos, los chicos, esos que tanto me admiraban, pensarían que mis razones tendría para perder una noche de sexo voraz, pero, ¿cómo recordaría yo esta noche por la mañana?, ¿me arrepentiría de haber corrido detrás de ella, de no dejarla escapar?

-Entonces te gritaré. Te gritaría todos los días si con eso supiera que, al final… -dije, y no pude continuar la frase. ¿De verdad pensaba eso?, ¿de verdad iban esas palabras a escapar de mis labios y flotar momentáneamente en el aire antes de desvanecerse para siempre, de perderse en la memoria de aquellos que jamás llegaron a oírlas, y quizá, sólo quizá, en la nuestra también? Pero, como determinado por una firme y consciente determinación, me armé de valor-. Todos los días, Spence, si supiera que así seguirías formando parte de mi vida. Tienes que ser la parte más rara, estrafalaria y discordante de mi vida, pero tienes que estar… Tú lo sabes, yo lo sé, aunque no queramos creerlo. Estoy seguro.

Nuestros pasos nos alejaban del bullicio, de las miradas escrutadoras que trataban de averiguar qué estaba pasando, del humo y el alcohol. Ella se sentó en un banco, quitándose aquellos zapatos que tan poco parecía encajar en sus pies, y poniéndose unas zapatillas, rosas y cómodas, en un ademán tan infantil que me arrancó una sonrisa, una de verdad. Ahí estaba yo, como un crío idiota, mirándola, sin sacar las manos de los bolsillos ni hacer un solo movimiento. Y era feliz así, lejos de todo aquello que siempre había jurado amar, de aquel que era mi mundo, mi mundo de verdad, aquel al que yo pertenecía. Volvió a mi lado, y mi estúpida sonrisa no se fue, no se fue, no quería irse… Ni yo tampoco. No si ella no venía conmigo.

-Lo sé, pero estás guapa, más que cualquiera de esas niñas esqueléticas –dije haciendo una mueca. En realidad todas eran iguales, igual de estúpidas y convencionales, igual de poco originales-. Pero estás mejor… siendo tú –dije con una sonrisa, y busqué su mano a tientas en la oscuridad, estrechándola entre la mía-. A veces tengo razón, pero sólo a veces… No eres tan horrible como siempre digo, tenlo en cuenta. Espero no ser yo tan… cabrón y manipulador. Mañana será otro día… -dije, algo confundido. ¿Qué pasaría cuando me levantara con la cabeza nueva y despejada?-. Vamos, Spence, te llevo a casa.
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Re: Como pez fuera del agua {Privado}

Mensaje por Spencer F. Braverman el Mar Sep 13, 2011 7:47 am

No sabía por qué había ido. No sabía qué demonios la había empujado a obedecer a su madre y asistir a aquella estúpida fiesta con el único motivo de satisfacer los deseos de su familia. Ellos querían que Spencer se relacionara con todas aquellas personas que, presuntamente, formaban su mundo, pero no era así. Su mundo no era aquel universo de ropa cara, alcohol, apariencias y fiestas elegantes que siempre terminaban siendo un hervidero de rumores y cotilleos. Si escuchabas con atención alguna de las conversaciones, seguramente podrías escuchar como se despellejaban unos a otros. Nada estaba bien. Nadie era perfecto. Si no eras muy alto, eras muy bajo. Unas estaban muy gordas, otras muy delgadas. La ropa de unos era demasiado barata y la de otros demasiado ostentosa. Aquellos dos habían salido juntos y ahora no se hablaban. Todo el mundo sabía que aquel chico de allí se había acostado con la mejor amiga de su novia, aquella a la que abrazaba y besaba con dedicación en aquel preciso instante. Aquel no era su mundo. Se sentía fuera de lugar y nada podría hacer que se sintiera cómoda. Lo más parecido a un amigo que tenía allí era a William. Y aquello ya era suficientemente terrible. Se atacaban uno al otro constantemente y aquello comenzaba a hacer mella en la morena flacucha que no dudó en huir ante el último de sus ataques. No, no iba a quedarse allí para que alguien la hiciera sentir peor. No cuando no tenía en quién refugiarse.

Lo que no esperaba era que William fuera a seguirla y guiarla hasta la calle. No esperaba que comenzara a caminar junto a ella y no esperaba que, por primera vez en demasiado tiempo, sus palabras dejaran de ser hirientes y cortantes. No estaba preparada para algo así y no creía que el rubio fuera a ser de aquella manera. Si su vida fuera una película, ella se habría atrevido a besarle porque, aunque no fuera lo más romántico que podría haber en su vida, aquellas palabras habían tenido mucho más efecto en ella de lo que quería dejar entrever. Ella se limitó a sonreír con cierta dulzura y con una timidez infinita, puesto que no encontraba las palabras que complementaran las de su acompañante. Seguramente aquel fue uno de los motivos que la llevó a alejarse un poco de él y cambiar su calzado por uno más cómodo, poniendo, de aquella manera algo de distancia con aquel que nublaba sus sentidos y que lograba confundirla como nadie más lo hacía.

Sus mejillas se tiñeron de un color rojo intenso cuando él le confesó que estaba guapa, más que el resto. "¡Oh, Dios santo! ¡Di algo!" Las voces de su cabeza parecían haberse vuelto locas ante aquellas palabras y ya no gritaban que se alejara de él, sino que la animaban a abrirse a él de alguna manera. No a confesarle aquellos extraños y confusos sentimientos que él despertaba, pero sí a decirle algo agradable, para variar.

-No lo eres, pero es más fácil para mí hacer como si lo fueras. -sonrió ligeramente-. Eres más agradable de lo que cualquiera pudiese pensar.

Si él hubiera sido su amigo le habría aconsejado dejar ver aquella parte amable, que ella comenzaba a descubrir, mucho más a menudo porque sería un buen cambio. La morena asintió ligeramente con la cabeza cuando él se ofreció a acompañarla a casa, dando por finalizada una noche demasiado extraña. Una noche que no iba a poder olvidar en un tiempo.



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Re: Como pez fuera del agua {Privado}

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